La muerte de Fidel y la novela Las palabras y los muertos

Publicado por Amir Valle | Publicado en De Literatura | Publicado el 30-11-2016

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Acaba de morir Fidel Castro y realmente lo único que he sentido es una especie de Déjà vu, porque justo estas circunstancias y lo que está pasando yo lo escribí en mi novela Las palabras y los muertos, en 2005 y que se publicó en 2006 poco antes de que Fidel cediera el poder a Raúl. La novela, publicada este año por la editorial española Almuzara, está en venta en las librerías de España y aquí, en Amazon. Los dejo aquí con el primer capítulo:

Las palabras y los muertos
Editorial Almuzara
España, 2016

 

las-palabras-y-los-muertos-almuzara-2015FIDEL HA MUERTO, dice la hoja impresa que ha dejado uno de los asesores sobre uno de los burós de la oficina. Afuera, la ciudad parece mirar al Cristo que, desde el otro lado de la bahía, la bendice, y por la Plaza de la Revolución comienzan a transitar autos mañaneros, todavía con los faros encendidos y el cuidado de quien maneja entre las brumas de la noche, que ya se esfuma bajo los primeros fulgores del sol.

“Fidel ha muerto” lee y se lo repite: “Fidel ha muerto”, y de pronto es como si todo en la oficina se detuviera, flotando, envuelto en una neblinosa frialdad que le clava un vacío raro en la piel y lo hace estremecerse. Se frota los antebrazos como para intentar insuflarles un calor que, lo sabe, no logrará por el nivel en que los conserjes han encendido el acondicionador central de aire. Por eso se pone de pie y camina hasta uno de los ventanales, justo el que apunta hacia la imagen del Ché, al otro extremo de la Plaza, carga sus pulmones con todo el aire que puede y lo va liberando muy lentamente, con toda la conciencia puesta en ese escurrir sigiloso del aire desde sus pulmones, buscando una calma que, también lo sabe, no encontrará.

En los pasillos, más allá de esa puerta que ahora contempla como una muralla salvadora de las preguntas inquietas, temerosas, de quienes aun nada saben aunque seguro hayan escuchado los rumores, comidilla natural, diría que rito cotidiano en aquel sitio, pudo respirar un aire enrarecido, como de ciénaga pútrida, jura incluso que oscuro, pues a estas alturas de su vida sabe que la oscuridad puede olerse: humedad, polvo mojado, yerba seca, a eso huele. Y quizás esa razón: descubrir en ese olor el leve atisbo de los malos presagios, lo obligó a imponer a sus pasos un ritmo fuera de lo normal, nervioso evidentemente para quienes lo vieron entrar casi a las cuatro de la mañana, apenas media hora después de que el teléfono junto a su cama sonara y una voz temblorosa, agitada, susurrantele asegurara “Facundo, el hombre se murió”. “¿El hombre?”, alcanzó a preguntar, aunque en las brumas del sueño que aun se agazapaba en su cerebro una luz le iluminaba cierta sospecha sobre la identidad del muerto, que la propia voz, esta vez como molesta, pero todavía agitada y más chillona y punzante, le confirmó: “Fidel, compadre, se murió Fidel”.

Se había acostumbrado a llegar temprano en la madrugada, siempre sobre las cinco y media, seguro de que ya Fidel estaría cumpliendo con las indicaciones de los médicos: “alguna vez tiene que pensar que el cuerpo necesita que usted se encargue de él, Comandante”, tras unas indigestiones insoportables que lo obligaran a mantenerse cerca de algún baño, defecando un líquido inodoro y amarillento y con una ventera en el vientre que le clavaba fuertes retortijones, especialmente cuando trabajaba sentado. “Ya no tiene veinte años, Jefe”, le había dicho él mismo, y recordaba claramente haberlo visto sonreír detrás de su barba canosa, amarillenta y sucia en apariencias a esa hora de la mañana. “Pero debo creer que tengo esos veinte años que dices, Facundo”, respondió, apretándose el cinturón, “por el bien de todos, debo creerlo”.

Y de pronto, así, allí estaba, convertida en hecho, la posibilidad jamás asimilada de aquella muerte. A veces lo pensó: ¿qué pasaría cuando él ya no estuviera? Y detrás de la pregunta lo sorprendía el vacío glacial de una nada insólita, asfixiante. Se había acostumbrado a saberlo allí, aun en medio del peligro de algunos atentados donde llegó a verlo nervioso, inconcebiblemente desconcertado, para luego, pasado el susto, disfrutar el modo en que le daba las gracias con aquel gesto tan suyo de pasar la mano por encima de sus hombros, como un padre viejo y magnánimo, y escuchar su voz: “bicho malo no muere, Facundo, no lo olvides. Esa frase de mi madre parece que la hicieron para mi pellejo. ¿Por dónde anda la cuenta?”. “Trescientos quince, Jefe”. Y entonces lo veía hinchar el pecho, brotándole el orgullo de esa mueca típica en sus labios, de las arrugas profundas de sus ojos y de una luz extrañamente retadora allá en el fondo del iris. La cuenta, justo en aquel año de su muerte, andaba ya por los seiscientos treinta y siete atentados y “ya ves, Facundo, fue una bomba la que lo jodió. Esa bomba de mierda que todos llevamos a un costado del pecho y que un día hace plaff… y adiós mundo”, pensó, y su cabeza se lanzó en picada hacia esos meses pasados desde que Fidel le dijera, en voz baja, con esa complicidad que cruzaban sólo en los momentos más difíciles: “tengo que operarme, Facundo, y aunque no me gusta mucho la idea, voy a sacar de paso a unos cuantos hijoeputas que siempre han hablado mierda sobre mi apego al poder”. Le había cedido el poder a su hermano, oficialmente, con toda la publicidad que aquello merecía, y por eso, cuando lo vio salir del salón de operaciones y vio que el Jefe lo saludaba apretando el puño y alzando el dedo pulgar, en señal de triunfo, se sonrió pensando en aquellos estúpidos de Miami que se habían lanzado a las calles celebrando lo que llamaban “el fin de la dictadura”. “El mundo está lleno de vainas”, pensó  y se recostó en la butaca, dispuesto a esperar a que lo mandaran a buscar. Algo tendrían que ordenarle, aunque ya la tarea para la que lo habían designado desde la misma Sierra Maestra: cuidar con su vida la vida del Jefe, era asunto de un pasado que de pronto adquirió el peso aplastante de lo abrumador.

¿Qué debía hacer? Nada. Ni siquiera Raúl sabía qué pasos dar en aquel preciso momento. O al menos esa era la impresión que tuvo Facundo a primera vista. Se lo había cruzado en el pasillo y no sabe por qué, además de la preocupación natural, diríase que sanguínea por la muerte de Fidel, creyó adivinar en el rostro del hermano esa chispa eufórica de los que han logrado algo grande, larga y sufridamente añorado. “No jodas, Facundo”, masculló para convencerse con el sonido de su propia voz, “olvida tus rencillas, que estos más de cuarenta años no han pasado por gusto”. Y sí, pensó entonces, Raúl había dado muestras de madurez, de que no era aquel jovencito parlanchín y prepotente con el cual él, Facundo Ramírez, había tenido el primer y único encontronazo en todo su ya largo bregar en las aguas siempre turbulentas de la revolución; precisamente el encontronazo que lo llevó a convertirse en la sombra de Fidel, a pasar, justo a los catorce años, a servir directamente bajo las órdenes y a la sombra de aquel dios, al que llegó a deberle hasta el aire que respiraba.

Lo había visto preocupado, sí, era evidente, pues por su cerebrito iluminado de militar deberían estar desfilando muchas suspicacias sobre ese futuro que incluso a él, Facundo, un simple guardaespaldas, le traían la cabeza convertida en una güira cimarrona seca, llena de semillitas que sonaban y sonaban y sonaban y le metían este dolor de cabeza “de mierda, coño, que ahora es cuando tengo que andar con todas las luces claras”.

Raúl era muy perspicaz, de eso tenía pruebas, más que sobradas, inolvidables, y seguro andaba ya intentando adivinar lo que estarían pensando muchos que habían robustecido su vida y anclado raíces en torno a Fidel y a todo el poder que representaba, como aquellos arbustos parásitos que crecían imponentes en el regio tronco de los baobabs gigantes, en África. Un tal vez malsano pensamiento le hacía intuir que ya Raúl había preparado paso a paso la sucesión y se erizaba de sólo imaginarse las estrategias que utilizaría para cortarle las alas a quienes se les atravesaran en su camino hacia el poder. Una dictadura, eso implantaría. Y ojalá lo hiciera para defender el proyecto socialista que su hermano deja interrumpido, él, que siempre se ha jactado de ser “el primer bolchevique de América”, por eso de que creía en el socialismo cuando el Jefe ni siquiera le daba importancia a esa palabra. Esos comemierdas de los grupúsculos gusanos de los Derechos Humanos y los partiditos independientes que el propio Fidel había ordenado ningunear pero mantener a raya, invisiblemente vigilados, medida que a él personalmente le había parecido una muestra de la flojera que los años habían metido en la cabeza del Jefe (aunque después se dijera que sus razones bien pensadas tendría, que para eso era un genio en esas cosas de la táctica y la estrategia políticas); esos guanajos de basura sabrían qué cosa era una dictadura real, efectiva, con todos sus pelos y señales, sus palos y sus gritos, si Raúl asumía el poder.

Tenía sus dudas sobre aquella sucesión. En los últimos tiempos, especialmente desde los fusilamientos del vaina de Ochoa y de los otros idiotas, la división y las rencillas dentro del cuerpo armado eran tan perceptibles que el mismo Raúl había tenido que empezar a sacar del medio a un grupo de altos oficiales, bajo el pretexto de la necesidad de fortalecer algunos ministerios. Desde su oficina en el cuarto piso del edificio en ese Ministerio del que Facundo logra ver un pedazo, entre la floresta que rodea a Palacio, con la misma frialdad mortuoria que se desprende de todos esos retratos que cuelgan en la paredes, donde aparecen todos los mariscales y altos oficiales soviéticos que ha tenido como asesores, ha planificado su estrategia.  A los viejos militares les había garantizado un retiro que los convertía casi en millonarios y que, de algún modo, los obligaba a callarse la boca, cómplices mudos de aquella estrategia, justo cuando consideraba indispensable tenerlos de su lado para mantenerse al amparo de la aureola de gloria de hombres que, como le dijo a Facundo su padre antes de morir, “se han comido un león cruzado con puerco espín, sin quitarle las espinas y de marcha atrás, mi’jo, y eso es lo que les falta a muchos de esos que tú mismo dices llegaron ahoritica, le hicieron unas muequitas graciosas a Fidel, le cayeron en gracia y ahora quieren hacerse los héroes, sin haberle tirado ni un huevo a un gusano en un acto de repudio”.

Esa disputa por el poder, con matices de pelea entre jaurías sobre todo en los más jóvenes, iba ocurriendo desde hacía muchos años en el mismo seno de los amigos del Jefe, de aquellos que venían con él desde el asalto al Moncada, o incluso desde más atrás: las pandillas de matones en la universidad, a las que, y el propio Fidel se lo había confesado: “era necesario encaminar por un pensamiento progresista y menos anarquista, Facundo, pues aunque me acusen de haber estado en esas pandillas, no se ponen a pensar en cuánta gente de valor salvé y atraje hacia la única posibilidad de esos años: la revolución con las armas”. Claro, y lo ha pensado tantas veces que ya no sabe cuándo se le ocurrió por primera vez, también su padre decía que árbol que nace torcido…; sabia filosofía de vida que hacía comprensible que muchos de aquellos gamberros salvados por el Jefe de su triste destino de matones anónimos, carne para el más burdo olvido histórico, cuando triunfó la revolución, se habían adueñado, sin más ni más, de las casonas más ricas de La Habana y comenzaron a practicar las mismas costumbres de esos ricachos sinvergüenzas contra los que ellos se habían alzado en armas. Eso piensa ahora, las piernas estiradas y las botas subidas en la silla cercana, adonde ha ido a sentarse, luego de contemplar esas primeras luces que ya comienzan a iluminar la plaza.

¿Qué harían ahora, una vez muerto el Jefe, aquellos pandilleros reciclados en señorones, a los cuales ni él mismo había podido soportar por su tonta prepotencia, su ridícula arrogancia, durante todos aquellos años? No sabe. Por eso el futuro le parece, más que algo incierto, una marea neblinosa, brumosa, que se abre ante sus ojos y que ni siquiera ese sol triste que asoma sobre La Habana se atreve a descorrer. “Por eso ha tardado tanto en amanecer hoy”, dice, y vuelve a leer el papel: Fidel ha muerto, en voz alta, y de pronto, como en un viejo filme de aquellos que él mismo ayudó a grabar a principios de la revolución, documentales que todavía se guardan en los archivos históricos bajo la férrea mirada del eficiente de Tabío y donde aparecen Fidel y las multitudes, Fidel y miles de manos con fusiles alzados, Fidel y las plazas llenas de gente y algarabía y vítores y consignas FIDEL, APRIETA, QUE A CUBA SE RESPETA, FIDEL, SEGURO, A LOS YANQUIS DALE DURO, se le aparecen, en esa pantalla en que a veces se convierte su memoria, las imágenes de lo que será el velorio.

Cierra los ojos. No quiere pensar en eso. No quiere dejarse llevar por la corriente de esas imágenes que se agolpan y forcejean en la oscura madeja de sus pensamientos y abre los ojos y mira la luz afuera y siente el ruido de los carros en el aparcamiento y algunas palabras aisladas, ininteligibles, que llegan desde algún sitio que no precisa. Y la música. De golpe, acompañada por el rugido creciente de los autos rompiendo la paz nocturnal de la plaza, le llegan acordes de una melodía que sabe conocida e intenta borrar los sonidos abriendo los ojos, pero descubre que de ningún modo podrá quitar ese bullicio fúnebre de su cabeza y otra vez aprieta los párpados, casi hasta el dolor, y se resigna a dejar que comience ese acto tan temido: el féretro rodeado de los cojines cargados de medallas, distinciones, órdenes, cruces y bandas, que resumen la gloria de ese hombre que parece dormido más allá del cristal, siempre con una sonrisa de tranquila grandeza, siempre con su barba canosa bien peinada, siempre con sus espesas cejas también alisadas por las artes del maquillista que retocó el cadáver, ya blancuzco, con cierto color rosado imitación de la vida eterna que tendrá después de los funerales, cuando ese mismo cuerpo se embalsame y se coloque en la base del monumento, donde ahora mismo luce toda su marmórea blancura un busto de Martí.

El sopor lo envuelve. Llena los pulmones del aire que de pronto le parece caliente y cargado de la oficina, como intentando escapar de las brumas que lo rodean, que lo transportan de golpe a un futuro que sabe ahí, esperando, agazapado detrás de las horas que ya se le vuelcan encima, pero sólo consigue que la garganta se le reseque y la piel se le erice, estremeciéndolo de pies a cabeza en un rotundo y prolongado escalofrío. Sabe que la música no lo dejará. Por eso odia los velorios. Por eso ni siquiera quiere saber de esos muchos muertos que vio en las montañas de la Sierra, ni de aquellos de las tierras del África, ni de esos otros que ha visto cabeceando con el pecho destrozado por las ráfagas de los pelotones de fusilamientos en los muros de alguna prisión militar, en las depuraciones de los últimos años. Una música que lo envuelve y lo eleva y lo eleva y en segundos puede ver la plaza desde lo alto y las mujeres rompiéndose las ropas y los himnos patrióticos trepidando: “Marchando, vamos hacia un ideal, sabiendo que hemos de triunfar” y los niños uniformados llorando casi a gritos y los negros pidiendo a sus santos y sus muertos por primera vez en ritos públicos en medio de la avenida que cruza frente al Mausoleo y bajando los espíritus a las cabezas de esas muchachas y esos jóvenes y esos niños y esas viejas vestidas de blanco que se retuercen y gritan y hablan en lengua y gritan y caen al piso con los ojos en blanco, los brazos torcidos, la cara hecha un asco de babas y mocos y espuma y las trompetas llamando desde algún sitio al silencio para los cambios de guardia junto al féretro: soldados de plomo que se acercan, marciales, los pasos como de robot, marcando la marcha lenta, cadenciosamente, y los militares, con la gorra agarrada en mitad del pecho, mascullando algo bajito, lastimoso, alguna vez lacrimoso, ante el cristal que muestra la cara del Gran Líder y las coronas en forma de bandera y las hermosas cintas de esas otras ofrendas florales enviadas por las embajadas de los países hermanos, entrando por un costado de la procesión en tanto avanza la mañana y van a cubrir toda una pared con el colorido lúgubre y abigarrado de sus flores y la banda que mantiene esa letanía mortuoria que se esparce como una neblina húmeda y pegajosa sobre la enorme fila de pueblo que espera por pasar ante el rostro del hombre al cual ha estado atada su vida por más de cuarenta años y que duerme ahí, en ese blanquísimo cojín, como de espuma, donde apoya la cabeza y parece sonreír, y esos altavoces repicando, como campanas, “Ha muerto Fidel ha muerto nuestro líder el pueblo debe estar hoy más unido que nunca el dolor nos embarga nuestro líder ha muerto como los grandes hombres” y los gritos que llegan desde afuera ¡Ay, Fidel, ay, Fidel! ¡No nos dejes, Fidel! y los tambores sonando a duelo y las sirenas de las ambulancias abriéndose paso entre la multitud agolpada frente a la inmensa estatua del Martí pensativo que observa algún rincón de la plaza, y los enfermeros “¡paso, paso!”, con las camillas plegables hundiendo sus uniformes blanquísimos en ese rincón del magma humano donde algunos viejos han decidido suicidarse a puro tiro de sus viejas pistolas ganadas por sus méritos en la lucha de la Sierra, los charcos de sangre que los más cercanos pisan y riegan sobre el polvo seco de la avenida, y la fila que crece y crece y se pierde en miles de cabecitas gachas por la esquina de Palacio hacia Boyeros y las oraciones del grupo de cristianos que han preferido arrodillarse frente a la escalinata del Teatro Nacional para pedir al Cristo Jesús Salvador por el alma de Fidel Castro Ruz, un enviado de Dios, un profeta, el último santo, y las sirenas de las fábricas, de todas las fábricas, cargando el aire de una estridencia sucia, sofocante, enfebrecida y un grupo de mujeres halándose los pelos y gritando, posesas: “Ay, Dios, por qué el castigo”, las ropas raídas, hechas jirones de tela sucia de tanto revolcarse en el cemento seco, y el locutor de esa radio que vocifera por las bocinas del edificio inmenso del Ministerio de las Fuerzas Armadas, protegido de la turba llorosa por una doble cadena de soldados y carros de artillería ligera: “Cuando se muere en brazos de la patria agradecida, la muerte acaba, la prisión se rompe, empieza al fin, con el morir, la vida”, y los vaticinios cantados del fin del mundo: “El Armagedón, hermanos, pida perdón a Jehová, la tierra se abrirá, los fornicarios, los idólatras, los mentirosos, los infieles, los malditos, los que lamen las botas de Satán serán lanzados al fuego eterno del infierno, pero los puros, los limpios, los que han entregado sus vidas a Jehová ya están salvos y se sentarán a su diestra en el goce eterno de la paz celestial. Entrega tu alma a Jehová, hermano, hazte salvo. Ha muerto Fidel, el Mesías, la última esperanza”.

La luz. Abre los ojos buscando la luz y siente que en el pecho el corazón quisiera reventarle las costillas, el pellejo y dispararse más allá del verdeolivo de esa camisa que siempre ha lucido impecablemente limpia y planchada. “Voy a tener que hablar con tu mujer, Facundo. Ni una arruguita en el uniforme. Ni yo puedo decir que me visten con tanta dedicación”, decía Fidel y se dedicaba a observar la tela con detenimiento nada fingido, como buscando algún perdido y rebelde pliegue, mirándose de cuando en cuando su propio uniforme, comparándolo, marcado en realidad con algunas arrugas que sólo en aquellos momentos Facundo había notado: “sí”, pensaba, “no hay mujer que planche mejor que mi Nora”, y, para desviar la atención a otro asunto, respondía: “Es verdad, Jefe, pero con esta barriga que tengo no hay uniforme que me siente tan bien como a usted”, y lo veía sonreír, erguir el busto y mover la cabeza, como diciendo “ay, Facundo, ay, Facundo, no cambias”.

Eso desea. Había intentado creer que hay cosas imposibles, la muerte de Fidel entre ellas, y que quizás todo era una pesadilla, una broma pesadísima de algún jodedor, una teatrada del Jefe para saber qué harían sus seguidores a su muerte, del mismo modo en que se había comentado que Chávez, ese jodedor venezolano del que conservaba una estilográfica que el mismo Hugo le regalara en su última visita a Cuba, se había preparado el golpe para descubrir a sus verdaderos enemigos y arrasarlos. Llegó a pensar ―mientras rompía la oscuridad de las avenidas y las calles con los faros delanteros del auto, mientras la brisa fría de la madrugada al salir del Lada y atravesar el aparcamiento rumbo a Palacio parecía cortarle la cara con cuchillas diminutas, microscópicas― que cuando entrara a su oficina a preparar el día: la rutina siempre distinta de proteger a alguien tan caprichoso, lo sentiría empujar la puerta y asomar la cabeza, a esa hora sin su inseparable gorra, “¿y cómo amanecimos hoy, Facundo? ¿No hay nada para mí?”, para responderle, aliviado, casi eufórico de que la muerte no fuera cierta, que sí, “hoy Nora se esmeró, Jefe; me dijo que se lo hizo con un grano que ayer le mandó su hermana de Oriente”; y que disfrutaría viéndolo saborear el café, con ese olor a tierra mojada y hojas verdes, a viento serrano, que sólo encontraba en el grano que bajaba de la mismísima Sierra Maestra, de allí, en la misma casa donde a los quince años se había robado a Nora para llevarla hasta el campamento militar, donde ofició de enfermera hasta el triunfo. “Suerte que tu cuñada prefirió quedarse allá arriba, Facundo, se parece al que nos hacía la vieja en Birán cuando éramos muchachos”, diría Fidel, igual que otras veces.

Pero cuando Antonio colocó el papel sobre la mesa, ya redactado por el encargado de prensa; cuando leyó Fidel ha muerto con toda la carga desoladora de aquellas palabras, supo que la pesadilla no era tal, que flotaba sobre todas las cosas, manchándolas, anegándolas con la marisma pestilente de la inseguridad, y algo lo hizo caer en la butaca, relajar los músculos del cuerpo y hasta la sangre, y sentir que debía esperar, sólo esperar, seguro de que sería ésa la instrucción del Jefe si es que pudiera hablarle. No debía fallar: era un soldado y esperar con calma, tener calma, respirar la calma para que otros puedan hacer normalmente sus vidas ha sido siempre su misión más heroica. Por eso cierra los ojos, respira hondamente el aire que otra vez siente frío en la habitación y se dispone a esperar. Fidel ha muerto, brinca la frase en su cerebro, inquieta, molestísima, disparada a los bordes del torbellino aciclonado en que se ha convertido su cabeza. Fidel ha muerto, repite en voz alta, como intentando liberarse de la carga que lo aturde, de tres palabras que lo aplastan, cuando siente que tocan a la puerta, tres golpes, secos pero bajos, tres golpes otra vez, urgidos golpes. “Adelante”, ordena. Y la puerta se abre.

Guardamar… el mar, el cielo azul, las cercanías…

Publicado por Amir Valle | Publicado en Generales | Publicado el 30-08-2016

Con mi esposa Berta en Guardamar del Segura, agosto de 2016.

Con mi esposa Berta en Guardamar del Segura, agosto de 2016.

 

Razones para viajar

Un amigo alemán que, como todo alemán que se respete, viaja todos los años a vacacionar en Mayorca, me preguntó ayer a qué se debe mi insistencia en viajar ya, durante dos años consecutivos a un pequeño pueblo de la costa mediterránea alicantina llamado Guardamar del Segura.

Si es que la foto que encabeza este post no resulta suficiente como para demostrar la descomunal alegría que nos seduce apenas entramos a Guardamar, podría añadir que allí percibimos muchas resonancias que nos hacen caminar, respirar, reír con el mismo estruendo vital con el que habitábamos esa Cuba que cada vez más se difumina en nuestra memoria, por suerte, sin traumas y, sobre todo, sin resquemores u odios por haber sido lanzados, literal y tácitamente, al destierro, allá en octubre de 2005.

En Guardamar, junto al escritor cubano Antonio Álvarez Gil.

En Guardamar, junto al escritor cubano Antonio Álvarez Gil.

Hay un mar hermoso, unas playas cálidas y amplias, un cielo azul casi perenne, un sol tozudo y castigador, y un espíritu de alegría impresionante entre sus poco más de 15 mil habitantes…, como en Cuba. Y justo es decir que el descubrimiento de tan especial sitio lo debo a mi colega y amigo, el escritor cubano Antonio Álvarez Gil, que un día decidió dejar las frías tierras suecas para asentarse allí, en Guardamar del Segura. “Me siento en casa, hermano. Este es un pedacito de paraíso en la tierra”, me escribió el año pasado, sugiriéndome que comprobara yo en carne propia la veracidad de sus palabras. Eso hice y, en verdad, siento a Guardamar como mi segunda casa en Europa, luego de mi querida Berlín.

A modo de respuesta para mi amigo alemán (a quien, por cierto, nunca he preguntado por qué viaja a Mayorca cada año desde hace más de una década) me animo a preguntar abiertamente: ¿cómo se sentiría Usted, amante de la cultura, de la inteligencia humana, de la confraternidad entre las culturas, si llega a una ciudad pequeña donde se respira justo eso: un inmenso respeto por la cultura, un orgullo enorme popular por las tradiciones, un ambiente respetable de tolerancia entre residentes, visitantes, inmigrantes?

Lo que no dice la foto de portada es que en apenas veinte días asistí a dos presentaciones de libros de autores residentes: la rusa-cubana Galina Álvarez, con su excelente primer libro de cuentos Prefiero que me pongan a volar, y la cubana Helena Vilarelle, con Asomada a la vida: curiosidad y aprendizaje, primer volumen de una serie que mucho promete;

Presentaciones de Helena Vilarelle y Galina Álvarez, en ambos casos, con la presencia de Pilar Gay, Consejal de Cultura y los escritores Javier Bueno y Juan Calderón Matador, respectivamente.

Presentaciones de Helena Vilarelle y Galina Álvarez, en ambos casos, con la presencia de Pilar Gay, Consejal de Cultura y los escritores Javier Bueno y Juan Calderón Matador, respectivamente.

que escuchamos un concierto brevísimo pero intenso y de excelencia ofrecido exclusivamente para nosotros por la concertista y actriz África Poulain;

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que asistí a la puesta en escena de una selección del trabajo teatral de una de las escuelas-compañías teatrales de la región;

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Durante la Charla-Taller sobre Técnicas Narrativas.

Durante la Charla-Taller sobre Técnicas Narrativas.

que ofrecí una charla-taller de tres sesiones a un grupo de escritores y aficionados a la literatura de esa ciudad; que participé como uno más en la tradicional Tertulia literaria de Guardamar de cada jueves, fundada y dirigida por los escritores españoles Juan Calderón Matador y Javier Bueno…

Y vale decir que esas son sólo aquellas cosas en las que me vi implicado, pues además de las tradicionales fiestas de Moros y Cristianos en julio, hubo en agosto otras presentaciones de libros, otras puestas en escena como parte de una Muestra de Teatro que se efectúa en esa ciudad que cuenta con varios grupos teatrales, otras muchas actuaciones musicales de aficionados y profesionales, varios conciertos de las agrupaciones corales que también abundan en Guardamar…, todo ello en un escenario de respeto a la cultura, a los creadores y artistas, no solo por parte de los habitantes, sino incluso (y esto es cada vez más raro en esa España que vive asolada por la crisis y el desgobierno) por parte de las autoridades políticas, en este caso la Consejal de Cultura Pilar Gay y el Alcalde de Guardamar, José Luis Sáez.

¿Cómo no sentirse bien en un lugar donde, aunque ellos digan que falta mucho por hacer, parece que han encontrado la fórmula adecuada para que turismo, cultura y tolerancia social convivan en un espacio que favorezca a todos, turistas o residentes, enriqueciéndolos humanamente? ¿Cómo no sentirse agradecido, y dispuesto a repetir la experiencia, si Guardamar es uno de esos pocos sitios de España y de Europa en los cuales, además de disfrutar de la jovialidad y la cálida acogida de sus habitantes, puedes darte un exquisito baño de mar y, luego, elegir entre muchas ofertas dónde quieres darte otro baño de exquisita cultura?

La miel y los recuerdos

Publicado por Amir Valle | Publicado en Generales | Publicado el 25-05-2016

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Me he tomado la última cucharadita de miel de un pequeño pomo de Lady Bee y los recuerdos me han abrumado. En todos esos flashazos memoriosos aparece el hermoso rostro de mi abuela Caridad:

  • con una cuchara de miel en la mano, cada mañana, antes del desayuno, hablando de lo maravillosa que es la miel: “verás los músculos que vas a tener mañana”, decía, cuando comprobaba que no iba a convencerme con aquello de que la miel me daría buena salud, pues ningún niño anda pensando en esas cosas de adulto;
  • con una jarra de limonada caliente endulzada con miel cuando yo me escapaba a mataperrear semidesnudo con mis amigos bajo los abundantes aguaceros, “verás que no coges ningún catarro”;
  • con una tostada de pan dulce untada en miel en las meriendas,  “para que puedas seguir jugando con más energía”;
  • con una tisana de manzanilla humeante, en la que había diluido una cucharadita de miel de abeja de la tierra, si me veía retorcerme con dolor de tripas luego de una hartura de mango, como si me empeñara en vaciar las muchas matas que había en el patio de nuestra casona en Guantánamo;
  • o el tintinear de las cucharillas de plata diluyendo la miel en el te que mi abuela había vertido en las lujosas tazas de porcelana que colocaba cada fin de semana para recibir a sus amigas católicas para unas chácharas que entonces me parecían aburridísimas donde solo hablaban con igual pasión de lo grande y santo que era Dios o de lo apuesto que se veía el nuevo ayudante del cura con su estola de color celeste que hacía juego con sus hermosos ojos…

En 2006, cuando llegué a Alemania y fui invitado a casa de la escritora y vicepresidenta del PEN alemán, Karin Clark, tuve el primer Deja vu respecto a la miel: acá, raras veces, se le echa azúcar al té, pues la mayoría prefiere tomarlo amargo o endulzarlo con miel, cuya azúcar el cuerpo consume y procesa con más facilidad.

Y luego de 10 años viviendo en un país que podría decirse que rinde culto a la miel; que la utiliza en casi todos los ámbitos, ya sea en productos de belleza o cuidado de la piel, con fines medicinales, como complemento alimenticio, para la producción de dulces o panes, y sobre todo en muchos usos culinarios en la vida hogareña, me he preguntado muchas veces porqué en Cuba, desde hace ya varias décadas, la miel se identifica sólo con la enfermedad: Tomas miel cuando estás enfermo y sólo para algunas enfermedades.

Con Gabriel Cortina, en la Puerta de Brandenburgo, en Berlín, abril de 2016.

Con Gabriel Cortina, en la Puerta de Brandenburgo, en Berlín, abril de 2016.

Por eso viví momentos de singular placer, de esos que despiertan recuerdos gratos de un pasado feliz, cuando uno de esos hermanos que me dio la vida: Gabriel Cortina, a quien en mi familia llamamos simplemente “el Gaby”, me escribió desde Miami diciéndome que había decidido lanzarse junto en una pequeña empresa personal de comercialización de miel dominicana. Y luego de algunos intercambios por estos mundos virtuales, en abril, de visita en Berlín, pudo referirme cara a cara cuánto esfuerzo, trabajo, dedicación e incluso malos tragos le ha costado echar adelante lo que hoy es, por suerte, una empresa que se ha colado muy bien en el mercado pese a la competencia desleal de otras empresas que comercializan productos de mala calidad, atrayendo a los compradores con precios más baratos y una publicidad engañosa sobre la real calidad del producto que vende.

Me dio orgullo ver la pasión que Gaby y su esposa Marta, colombiana, sienten por el prestigio alcanzado por medio del sacrificio personal de cada día y, especialmente, me resultó admirable su decisión de mantener a toda costa la calidad de sus productos, aunque ello significara pérdidas en el mercado.

Un selfie con Marta y Gaby en Berlín, abril de 2016.

Un selfie con Marta y Gaby en Berlín, abril de 2016.

Y es admirable porque, lamentablemente, cada vez es más común escuchar que en muchos de esos sitios del mundo adonde han emigrado cientos de cubanos son procesados por robos, estafas, y hasta crímenes; y en esas circunstancias tan tristes para el prestigio internacional de nuestra gente, actitudes honestas como las de Gaby y Marta cobran un valor extraordinario.

Si se tratara de un artista, de un escritor, yo diría a los cubanos que viven en Miami, o en otras partes de Estados Unidos la clásica frase: “coopere con el artista cubano”. Pero al tratarse de una empresa comercializadora de miel, capitaneada por una familia cubano-colombiana, yo diría a mis amigos, lectores y colegas cubanos, colombianos y de otros países que residen en Miami o en otras ciudades norteamericanas, que cuando quieran comprar miel, de calidad, producida con amor y pensando en la satisfacción del cliente, allá tienen a Lady Bee. Dejando a un lado el cariño que profeso a los gerentes de esta empresa, yo probé esa miel; sé de lo que hablo.

Si es que en verdad ya se puede hablar

Publicado por Amir Valle | Publicado en De Literatura | Publicado el 11-04-2016

Con Luis Manuel García Méndez y Pedro Juan Gutiérrez, en Madrid.

Con Luis Manuel García Méndez y Pedro Juan Gutiérrez, en Madrid.

 

Algo así como una Carta Abierta a mi amigo Pedro Juan Gutiérrez

 

Querido Pedro Juan:

Confieso que escribo estas palabras con cierto temor, y ciertas dudas, de parecer injusto. Acabo de leer la entrevista que ha publicado la agencia española EFE y, en muchos momentos, achaco mi estupor al leer tus declaraciones al hecho bastante usual ya de que un periodista elija y publique las partes de las respuestas de su entrevistado que más le convienen o le gustan. Es un mal bastante común, aunque detestable, del periodismo actual.

Mi estupor nace de nuestra amistad, de mis recuerdos sobre tu opinión en muchas conversaciones acerca de nuestra Habana, nuestra Cuba y sus circunstancias. Nace también mi asombro de saberte un profundo conocedor de la vida de nuestro pueblo, de considerarte un muy serio analista de la siempre convulsa y compleja realidad nacional de nuestra isla.

De ahí que, y especialmente en los momentos actuales, me resulten superficiales, injustas, evasivas e incluso anacrónicas esas aseveraciones.

Las considero, además, preocupantes, pues parece ser esa la tónica actual del discurso de nuestros colegas de la cultura. Y digo esto porque en los últimos días, con mayor insistencia luego de la visita de Obama, he leído, visto y escuchado puntos de vista similares en numerosas intervenciones de escritores, artistas e intelectuales de la isla (la mayoría de ellos disfrutando de eventos o estancias en Estados Unidos y otros países gracias al “intercambio cultural” y a los nuevos tiempos de relaciones del mundo con Cuba). Preocupan porque no son estos tiempos para discursos evasivos.

Imagino que cuando dices que “poco a poco las cosas se van suavizando” en Cuba, te refieras a que hoy hay muchas más permisibilidades, sobre todo en nuestro entorno de la cultura. Pues si bien es cierto que aún hay casos bastante evidentes de represión intelectual y censura, las mordazas con las que el régimen tuvo controlados a los creadores durante décadas han aflojado bastante, como lo demuestra el simple hecho de que algunos colegas que antes sólo murmuraban sus críticas gubernamentales en la más profunda intimidad, hoy “se arriesgan” a hacerlas públicas en escenarios nacionales e internacionales, aunque con la serpéntica agudeza de no enjuiciar a los verdaderos culpables de nuestro desastre nacional.

Como seguro recuerdas, a ti y a mí, nuestros vecinos de Centro Habana no nos consideraban escritores: “ustedes son de los nuestros”, nos decían, porque nos veían hacer las colas del pan, comprar ron clandestino, vender o comprar en el mercado negro cotidiano alguna que otra cosilla, sentarnos en short en las aceras a conversar con “los aseres del barrio”. ¿Realmente crees que para ellos también “las cosas se van suavizando”? Yo estoy forzadamente condenado a un destierro a miles de kilómetros de nuestras calles Perseverancia y San Lázaro, pero ni un sólo feedback de los cientos que recibo desde Cuba cada día me hace pensar que hoy la vida es más suave. Todo lo contrario: la miseria es hoy mayor como demuestran las propias cifras oficiales del gobierno, de la oposición y de los organismos internacionales; el abismo entre quienes tienen mucho y quienes muy poco o nada tienen se ha triplicado desde que Raúl Castro comenzó sus reformas; el propio régimen reconoce en sus reuniones “exclusivas” previas al Congreso del Partido que la prostitución, la insalubridad, la depauperación habitacional, la corrupción administrativa son hoy problemas acuciantes, e incluso el estado de la salud, la educación y la seguridad social han sufrido claros retrocesos. Y aunque hoy pueda haber más timbiriches en la isla que permiten a unos pocos cubanos sobrevivir; aunque otros pocos se conecten a internet en los puntos wifi, etc., también las encuestas (y las simples conversaciones con los cubanos de a pie) indican que el mayor sueño de la mayoría es emigrar para escapar de la asfixia, como han hecho desde fines del 2015 más de 70 mil cubanos en el cuarto mayor éxodo migratorio en estos 57 años de castrismo. Y en este punto, como dato curioso y para aclarar más a qué me refiero cuando hablo de “evasivas”, recuerdo las intervenciones de tres colegas, que han disertado en universidades norteamericanas, y achacan exclusivamente este “exodo” al runrún de que se acabará la Ley de Ajuste Cubano, pero olvidan muy convenientemente aquella máxima: “Cuando un pueblo emigra, sus gobernantes sobran”, de una exactitud innegable, la haya dicho nuestro José Martí, como aseguran algunos, o Margaret Thatcher, como aparece en otras muchas fuentes.

Cuando dices luego: “Hay que olvidar los rencores y los odios. Yo creo que hay que partir de cero y decir: de aquí, del presente, en adelante. Pero si te pones a pasar cuentas y a pasar facturas es la historia de nunca terminar”, me pregunto: ¿Quién insiste hoy en pasar factura? El exilio cubano o los afectados económicamente por las leyes “revolucionarias” han cambiado mucho. No vale ya insistir con ese viejo fantasma de que los cubanos exiliados pedirán cuentas a quienes hoy ocupan sus ya irreconocibles e insalvables propiedades. Aunque ciertamente hay pequeños sectores de algún modo más anclados en esas ideas, los cubanos, durante estos 57 años, hemos demostrado, en ambas orillas y en muchas ocasiones, que llegado el momento estamos dispuestos a sentarnos a conversar, olvidando diferencias, con la vista puesta en reconstruir ese país ruinoso que el castrismo sigue empecinado en hundir más, pretendiendo ahora demostrar que “la Revolución” puede continuarse aplicando las leyes típicas del capitalismo que por décadas nos obligaron a combatir. Dejando a un lado que no es justo pedirle a nadie que olvide su dolor, sus muertos, sus vidas frustradas por culpa de un engendro totalitario como el impuesto por Fidel antes y ahora por Raúl, es injusto pedirles a los cubanos que olviden, que no pasen factura, que hagan borrón y cuenta nueva… simplemente porque la mayoría de nosotros (incluso muchas víctimas horrorosamente heridas) ya hemos demostrado que queremos hacerlo. A quien hay que decirle eso –no pedirle, exigirle– es a quienes nos hicieron el daño, a quienes no han pedido perdón por sus errores. Y esos tienen nombres y apellidos: Fidel y su camarilla hasta el 2006, Raúl y su cohorte de militares neocapitalistas, y esos herederos neocastristas que pretenden eternizarse asumiendo con cinismo el batón del poder y preparándose ya para sentarse en el trono o controlar el timón del gobierno desde la sombra.

Las evidencias, querido Pedro Juan, son aplastantes: la inmensa mayoría de las opiniones del pueblo cubano (el de la isla y el exilio) que se escucharon antes, durante y tras la visita de Obama demuestra que la gente quiere perdonar, dialogar, unirse en las diferencias, tener la oportunidad de construir otro país. Y las únicas voces que siguen ancladas en el rencor, el odio, las divisiones del pasado son precisamente el gobierno de Raúl, sus voceros (esos usuales tontos útiles), la vergonzosa prensa (que insiste ahora mismo en seguir anunciando una guerra que ya Obama, en su cara, les ha dicho que no existe) y, aún peor, ese resucitado Fidel Castro cuya más reciente “reflexión”, que espero hayas leído, parece escrita desde una trinchera de La Habana en plena Crisis de los Misiles. ¿Crees que luego de tanto sufrimiento, de estar tan maniatados durante décadas, de tantas muertes, tanto destierro y tantas mordazas, los cubanos podríamos pronunciar esas absurdas afirmaciones que Fidel Castro cínicamente pone en nuestra boca, olvidando que él nunca, y mucho menos ahora, se ha ganado el derecho a hablar en nombre de nuestro pueblo? ¿Crees  que pedirá perdón y saldrá por su propia decisión de su atrincheramiento en el pasado, el odio y el rencor, alguien que es capaz de afirmar tan cínicamente: “No necesitamos que el imperio nos regale nada (…) Somos capaces de producir los alimentos y las riquezas materiales que necesitamos con el esfuerzo y la inteligencia de nuestro pueblo”?

Tampoco, querido Pedro Juan, ha cambiado nada para bien en el tema de la libertad de opinión y el respeto a los Derechos Humanos. Sé que no eres un hombre apegado a las tecnologías e imagino que sigas sin acceso a internet, como cuando vivíamos en nuestra cuadra en Centro Habana. Sólo así puedo entender que digas que “las cosas se van suavizando. Es un proceso natural de modernización que también se va a ir produciendo, supongo yo, en las estructuras políticas y en las formas de dirigir la sociedad, de que haya más acceso de diferentes opiniones…”.

En su discurso junto a Obama, Raúl Castro dejó claro que ellos entienden esos temas de un modo muy distinto. Prefieren reprimir, controlar, y por ello hoy sólo permiten aquellos discursos tímidos, nada peligrosos, y usualmente evasivos (es decir, que no apunten a su responsabilidad en el desastre político y económico de nuestra isla), pues así ofrecen al mundo una imagen de tolerancia y de apertura. Por ello, como demuestran los hechos que en miles de sitios de internet envían desde Cuba los opositores y miles de cubanos descontentos, creo que, además de la falta de información por no tener internet o no poder leer otra prensa, eres víctima de la propaganda engañosa del gobierno. O quizás tu vida ya no sea tan activa como años atrás, de modo que puedas verificar que la realidad es otra a la que pintas en esta respuesta. Basta ver la realidad del día a día en Cuba para darse cuenta de que las estructuras políticas siguen intactas en su atrincheramiento ideológico de tiempos de la Guerra Fría; para saber que la represión hoy es tres veces mayor que antes y que los métodos represivos contra la oposición son cada vez más descarados y públicos, pues Raúl ha visto cómo Estados Unidos, la Unión Europea y las instituciones internacionales han puesto a un lado ese tema priorizando los negocios con Cuba; para comprobar cómo, pese a esa represión, los opositores se organizan, se unen, se lanzan a las calles y crean programas que buscan que el pueblo redescubra su derecho a decidir el rumbo que quiere para su país.

Pero te confieso, querido Pedro Juan, que lo que más me apena es que en todo ese proceso de silenciosa revuelta social, moral y de conciencia que vive hoy Cuba, nuestro gremio, como siempre, prefiere seguir mirándose el ombligo, prefiere acudir a eufemismos que disfracen sus miedos y preserven los ridículos espacios que el monopolio cultural del régimen les permite. ¿Hasta cuándo los intelectuales tendremos que esperar a que nos digan —”no es el momento todavía” (como te han dicho a ti con tu novela Trilogía sucia de La Habana y con la película El rey de La Habana), para que nuestras obras, nuestras opiniones y nuestro papel en la sociedad alcancen reconocimiento?

Si es cierto, como dicen todos esos colegas, que ya se puede hablar, que ya se puede criticar, que ya es posible imponer un criterio diferente al oficial, ¿dónde está la postura unificada de nuestro gremio pidiendo que, de una vez, sea el terreno más propicio para la libertad de opiniones, la diferencia de criterios, el caldo de cultivo de un pensamiento social plural y dialogante que remueva las estructuras hoy arcaicas e ideologizadas que el castrismo ha impuesto a nuestra nación? Si es cierto que hay esa apertura en el terreno cultural: ¿por qué tienes que esperar tú, o Ángel Santiesteban, o Rafael Alcides, o incluso Leonardo Padura, a que un funcionario, bajo un criterio político absurdo, decida que “ya es tiempo” para publicar un libro o poner una película en un cine? No pido a ningún colega que se incinere como me incineré yo hace unos años. Hoy, según muchas visiones, “ya se puede”. Entonces, por sólo poner dos ejemplos de lo mucho que habría que lograr, ¿dónde están las voces de nuestros colegas exigiendo que (ya que no hay dinero para publicarlos) se deje circular en Cuba los miles de títulos de todos esos autores que han convertido a la literatura y la cultura cubana de la diáspora en uno de los fenómenos más hermosos de resistencia cultural en todo el mundo?; o ¿por qué, al tiempo que disfrutan de los viajes, becas y premios a Estados Unidos mediante el “intercambio cultural” abierto por Obama, nuestros colegas del gremio no exigen al régimen que ese intercambio deje de ser en un sólo sentido y que profesores, escritores, artistas, cubanos de la diáspora o extranjeros que no comulgan con el régimen puedan “intercambiar” con instituciones en la isla?

Yo también, como tú, quisiera que antes de morir se publiquen en Cuba todas esas novelas mías de la marginalidad social que escribí viviendo allá en tu mismo barrio y que fueron censuradas. Quisiera además que mis lectores cubanos, que por suerte son muchos aunque se vean forzados a leerme clandestinamente, puedan ver esas otras novelas que he ido publicando en estos 10 años de destierro. Pero si estoy insistiendo en que nuestro gremio ocupe de una vez el lugar que debiéramos tener en nuestra sociedad para exigir el cese del monopolio político sobre la cultura cubana, es porque no estoy dispuesto a que publicar en mi país sea una pose teatral del poder político para dar imagen de tolerancia o un “favor misericordioso” de quienes han censurado y siguen censurando hoy a centenares de escritores cubanos en la isla y en el exilio.

Finalmente, querido Pedro Juan, pienso mucho en esa frase tuya: “Mi lucha continua ha sido escapar de la pobreza total. Y poco a poco se ha ido convirtiendo en el tema de mi obra. No lo escogí yo: fue la pobreza la que me escogió a mí“.

Como tú dices, a nosotros nos escogió la pobreza, y sus terribles espacios han sido escenario, personaje y tema de nuestras obras. A tu respuesta yo añadiría que lo vergonzoso es que cinco décadas después la pobreza siga siendo nuestro tema en un sistema social que, supuestamente, debía eliminarla. Y aunque vivir diez años en la “locomotora” de Europa me ha llevado a otros asuntos para mis libros, aspiro a que la vida, alguna vez, en referencia a Cuba, me coloque ante otras historias, igual de humanas, aunque quizás no tan desgarradoras como esas de quienes durante 57 años se vieron obligados a vivir en la miseria, la marginalidad y la promiscuidad social en un país que el gobierno le vende al mundo como el paraíso. No quiero que la vida de mi pueblo siga estando signada por esa pobreza que, como muy bien dices, “siempre es sórdida, escatológica, morbosa, aplastante y preocupante”. Y por eso, y para eso, los cubanos debemos llamar de una vez a las cosas por su nombre. Y los intelectuales, que se supone seamos la voz de la sociedad, no podemos seguir mirándonos el ombligo y poniéndoles etiquetas dulces a realidades tan duras.

Espero recuerdes la solidez de nuestra amistad y sepas entender que aunque mis palabras suenen duras (las circunstancias actuales no están para medias tintas, repito), las escribo desde el respeto, la admiración y mi profunda convicción en el valor del diálogo.

Amir Valle

Vargas Llosa y la otra sociedad del espectáculo

Publicado por Amir Valle | Publicado en Política cubana | Publicado el 30-03-2016

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Nuevamente, y esta vez con un gesto muy personal, Vargas Llosa da un ejemplo de cómo un “simple” escritor con un gesto “simple” y aprovechando un evento tan “simple” como lo es un cumpleaños, puede ayudar a que alguna vez la democracia llegue a Cuba. Ha invitado a la fiesta por sus 80 años y ha compartido mesa y fotos públicas con varios de esos opositores cubanos que en la isla luchan por las libertades de expresión, de prensa y de información. Y es este, sin dudas, después del encuentro con el carismático presidente Obama en La Habana, el segundo acto de presencia de la sociedad civil opositora de Cuba en ese escenario tan  criticado por muchos intelectuales y que el propio Vargas Llosa acuñó como “sociedad del espectáculo” en uno de sus libros más conocidos y en varios de sus artículos y conferencias. Leer el resto de esta entrada »

La elegancia y la sutileza de Eduardo Manet

Publicado por Amir Valle | Publicado en De Literatura | Publicado el 30-01-2016

Eduardo G. Manet (Santiago de Cuba, 1930)

Eduardo G. Manet (Santiago de Cuba, 1930)

 

Acabo de leer una novela fina, elegante, trascendente y culta: La amante del pintor, de Eduardo Manet; una obra que destila, como los vinos añejados, ese aroma sutil de las esencias, en este caso, humanas. ¿Cómo es posible que esos renombrados y siempre bien informados críticos amantes de establecer cánones a partir de las usuales capillas y élites que pululan en nuestros “predios cubanos” en la isla y el exilio no hayan incluido ya a esta excelente novela en sus usuales selecciones de lo más selecto de la literatura cubana de estos últimos años? ¿Padecerán ellos ese mismo síndrome ─que Manet cuenta en la novela─, que hacía que ciertos “catadores” de la pintura en Francia, encargados de seleccionar las mejores obras para participar en los famosos Salones de París, durante décadas enteras rechazaran obras de Edouard Manet, Edgar Degas, Claude Monet, Auguste Renoir, Paul Cézanne, hoy consideradas clásicas? Leer el resto de esta entrada »

Por Waldo (González López) y con Waldo, a sus 70 años

Publicado por Amir Valle | Publicado en De Literatura | Publicado el 10-01-2016

Waldo González Löpez (Foto tomada del Facebook de Belkis Proenza).

Waldo González Löpez (Foto tomada del Facebook de Belkis Proenza).

 

Hace ya casi 30 años, en el verano de 1987, pude conocer a un escritor del que ya en ese entonces había escuchado hablar bastante: Waldo González López. A partir de ese momento comencé a recordarlo como el culpable de que se cumpliera mi sueño de publicar en una revista que, por ese entonces, estaba entre las más leídas por los cubanos, la revista Muchachas, donde Waldo (como supe mucho tiempo después) tuvo que luchar para que se publicara la que sería mi primera incursión crítica sobre la realidad cubana a través de la literatura: mi cuento “Cambiar”. Por aquellos días, lo sé, tampoco me habría importado mucho que un escritor a quien sólo conocía de oídas hubiera tenido que romperse el pellejo y meterse en líos por publicar el cuentecillo de un joven escritorzuelo guajiro de 20 años que había tenido la osadía de lanzarse a escribir una historia contra uno de los puntales ideológicos de la “Revolución” Cubana: la falsedad y la doble moral ideológica de la Unión de Jóvenes Comunistas. Y es que para mí fue tan importante ver mi cuento impreso en aquellas páginas que, aunque hubiera sabido los muros que tuvo que saltar el pobre Waldo, a causa de mi inmadurez y mi ingenuidad política, no habría sido capaz de entender el peligro que su defensa podría significar para su carrera profesional. Leer el resto de esta entrada »

Un Festival más allá de los sueños

Publicado por Amir Valle | Publicado en De Literatura | Publicado el 05-12-2015

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Tercera edición del Festival Vista
de Arte y Literatura Independiente en Miami

 

Cuando hace un tiempo, en un breve chat, Armando Añel e Idabell Rosales me comentaron su sueño de hacer un Festival de Arte y Literatura Independiente en Miami sentí ese estremecimiento que sólo me conmueve cuando me encuentro frente a una gran idea: sólo los sueños locos, si se anclan en el deseo de romper esquemas, tabúes y barreras, logran convertirse en hitos, en este caso de la Cultura Cubana, así, escrita con mayúsculas. Esa es una regularidad del universo de la creación cultural que nunca falla. Y así, bajo ese quijotesco influjo, dos ediciones y muchas metas alcanzadas poco a poco, a puro esfuerzo, y venciendo escollos, ataques de muchas partes e incredulidades, han convertido ya a este Festival en un referente importante para la cultura en la que muchos consideran “la segunda capital de la cubanía”. Es, entre otras muchas cosas, una trompetilla de burla a quienes por décadas han insistido en que los artistas, escritores e intelectuales cubanos mueren cuando abandonan la isla y una bofetada a esos otros que suelen hablar de Miami como una ciudad culturalmente muerta. Leer el resto de esta entrada »

Cuando la dignidad tiene nombre

Publicado por Amir Valle | Publicado en Generales | Publicado el 29-10-2015

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Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres son sagrados”.

José Martí

 

 

La cita de nuestro José Martí no es casual, ni es forzada. Es, simplemente, justa, pues hoy llega a sus 50 años (la media rueda, la llamamos en Cuba) uno de los hombres más dignos que he conocido: Oleido Rafael Vilaplana Santalo, más conocido por su nombre artístico, Lilo Vilaplana. Leer el resto de esta entrada »

De sombras, poder y otras herencias

Publicado por Amir Valle | Publicado en Política cubana | Publicado el 23-10-2015

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ó
esos Don Nadies que podrían gobernarnos

 

Reflexionemos, cubanos: ¿quién es Alex Castro Soto del Valle para que vaya por el mundo dándose aires de “analista” de la realidad cubana?, ¿quién es Antonio Castro Soto del Valle para que fuera promocionado para representar a Cuba desde el 2009 y hasta el 2014 como vicepresidente de la Federación Internacional de Béisbol?, ¿quién es Mariela Castro para que monopolice en Cuba, y a nombre de Cuba fuera de la isla, la necesaria recuperación de espacios sociales para la comunidad cubana LGTBI, si los únicos detalles “diferenciadores y destacados” de su currículum personal es haberse casado con un rico empresario italiano, luego de su primer matrimonio con el chileno Juan “El Chele” Gutiérrez Fischmann, acusado de haber asesinado al senador chileno Jaime Guzmán, en 1991?, ¿quién es Alejandro Castro Espín para que muchos analistas lo vean como el posible sucesor de la dinastía familiar que ha gobernado a Cuba desde 1959?… Leer el resto de esta entrada »