De gangsterismo y libreros

Publicado por Amir Valle | Publicado en De Literatura | Publicado el 07-07-2014

libreros-en-cuba

 

Las únicas mafias y los únicos gángsters con poder real que conozco en literatura son esos que mis colegas escritores de novela negra hacen vivir en sus libros. Las otras con cierto poder, por desgracia, son las mafias de ciertos grupillos o capillas literarias (grupúsculos debería llamárseles) que medran, etiquetan, dictan, conforman o deforman el mundo real de las letras, casi siempre patrocinados por colegas que, desde el prestigio ganado o pactado, operan como verdaderos gángsters, aunque en verdad sean tristes figurines de otros poderes más elevados y reales.

Escribo esto luego de la discusión surgida a partir de la publicación en el sitio digital OnCuba del artículo “Todo Chavarría por un Padura”, del periodista Gilberto Padilla Cárdenas. Tuve la “dicha” (y nótese el entrecomillado) de que luego de Leonardo Padura y Pedro Juán Gutiérrez, mi nombre apareciera en la lista de autores más perseguidos por los lectores cubanos de la isla. Y en un comentario en Facebook dije que, luego de ocho años de destierro forzado y casi 15 años ya desde el fenómeno de circulación underground que convirtió a mi libro Habana Babilonia o Prostitutas en Cuba en un bestseller clandestino nacional, el simple hecho de seguir en ese listado, aún cuando sea con un solo libro, es para mí motivo de orgullo.

Pero dejando a un lado lo controvertida que es toda configuración de un listado (que suele provocar enormes malentendidos, equívocos y visiones parciales o erróneas, especialmente como en este caso, en que se nota que el periodista ha investigado en un área muy específica de un mundo tan amplio como el de los libreros particulares en Cuba); dejando a un lado las valoraciones cuestionables sobre el siempre intrincado laberinto que es poner reglas a la relación calidad literaria/ventas, que el periodista desliza a ratos en su artículo; dejando a un lado (y esto es importante) que lo apuntado por el periodista a partir de una cita de Umberto Eco sobre la “deseducación estética del público” se limita a un aspecto menor del asunto y olvida la responsabilidad en ello de un estrato del poder político-cultural (vital, como sabemos, en el caso de Cuba: algo similar a aceptar que el reguetón se impuso sólo porque le gusta al pueblo olvidando el resto del entramado que provocó ese fenómeno social); e incluso (en lo que a mí más concierne) dejando a un lado el hecho de que no acabe de saber si llorar o reir por el supuesto destino trágico al que me condena el periodista o que lo dicho sobre mí contradice la experiencia que me han trasmitido año tras año libreros de La Habana, Matanzas, Santa Clara, Holguín o Santiago (para sólo citar a los que me mantienen al tanto de los azares y avatares de ese mundo), lo más preocupante del artículo es la generalización que hace de la figura del librero, además de injusta, elemental.

Las generalizaciones, la vida misma lo demuestra cada día, nunca permiten llegar a conclusiones o respuestas atinadas. Y los cubanos, por desgracia, parecemos estar condenados a ser unificados, simplificados, ninguneados e incluso avasallados por esa manía. Que hoy en la isla se haya ido imponiendo una especie de ley de la selva, de sálvese quien pueda aunque sea a costa de los demás, que va matando los pocos vestigios del pueblo humanitario y de corazón desprendido que fuimos, ¿significa que “todos los cubanos” son lobos del cubano? Que sean cada vez más visibles los estragos de la doble moral impuesta como regla, norma y ley de supervivencia en todos estos años de dictadura, ¿significa que “todos los cubanos” son deshonestos o que “todos los cubanos” han perdido su humanismo y su espíritu solidario? La respuesta es, me atrevo a ser absoluto, un NO rotundo. Y por eso he podido entender el disgusto de muchos libreros que se han visto metidos de cabeza en el mismo saco con delincuentes disfrazados de libreros, que también los hay, igual que delincuentes pululan en todas las esferas de la vida social, económica y política en la Cuba actual: no puede esperarse otra cosa en un país donde la doble moral, la deshonestidad, la mentira, la manipulación, el abuso del poder, la prepotencia (condiciones que, según los estudios, definen a un delincuente) son características cotidianas del comportamiento de quienes nos han guiado “hacia el mejor de los mundos posibles” durante más de 50 años.

Empecé mi andadura con libreros cubanos en 1984, es decir, hace ya 30 años cuando el oficio de librero particular era algo muy raro. Tiempo después, debido a ciertas circunstancias por todos conocidas, los vi reproducirse por la isla con la voracidad de las esporas. Conocí a muchos, en casi todas las provincias. Y a muchos de ellos debo el haber podido leer libros muy raros, libros prohibidos, libros esenciales pero difíciles de conseguir, en una época en que (a pesar de que se publicaba mucho y los precios eran ridículos) existían listados muy bien controlados de libros que los cubanos no debíamos leer (tampoco hay que decir, lógico es, quién y bajo qué criterios elaboraba esos listados). Años más tarde, tuve la suerte de trabajar como Especialista de Literatura, en el Palacio del Segundo Cabo, en la Plaza de Armas, y allí conocí a libreros a quienes debo buena parte del lector experimentado que creo ser y también, justo es decirlo, una gran parte de la calidad que pueda tener como escritor.

Cada mañana, con el pretexto de tomar un café, salíamos de la oficina (Pablo Vargas, Gerardo Soler Cedré, Alejandro Álvarez Bernal o Alberto Edel Morales, juntos o en parejas), y siempre, luego de calentarnos el estómago, me quedaba un rato conversando con alguno de aquellos libreros. También mi contacto con escritores extranjeros me obligaba a recurrir mucho a ellos, o me hacía caminar la ciudad hasta el Vedado, Miramar, la Víbora y otras zonas donde había libreros, buscando maravillas impresas y, quizás tuve suerte, maravillas de historias sobre el mundo extraliterario del libro que contaban aquellos “mercaderes”. Doy fe así, y aunque prefiero no citar nombres para no cometer olvidos vergonzosos, de que la mayoría de aquellos libreros eran profundos conocedores de la literatura, especialistas que lo mismo podían hablar de un raro incunable del siglo XV que de los últimos títulos presentados en la Feria del Libro. Doy fe de que la mayoría de ellos habían leído mucho más que yo, que por ese entonces me leía hasta cinco libros por semana (sí, aunque parezca exagerado, podía hacerlo: tenía tiempo, fuerzas, deseos, voracidad, trabajaba en ese entorno y, encima, no tenía que buscarme la vida inventando otros oficios, como muchos de mis colegas o compatriotas que debían robar tiempo al tiempo para poder leer). Y doy fe de que en muchas de esas conversaciones recibí lecciones sobre el arte de escribir, las trampas de determinado escritor en sus libros, los caminos que como narrador debía sortear o evitar para escribir mejor. Recibí también, guardo varias historias muy hermosas, lecciones de altruismo y desprendimiento por parte de algunos de aquellos libreros.

Cuento sólo la historia más notable, por cercana: cierto viejo y admirado librero de la Plaza de Armas que prefiero no mencionar poseía la colección El Tesoro de la Juventud. Y curiosamente era esa la edición que me habían regalado mis padres cuando yo tenía 10 años, libros que resultaron fundamentales para mi formación cultural posterior y, seguro estoy, tuvieron mucho que ver con mi decisión de hacerme escritor. De los 20 ejemplares me faltaban 8 (nunca supe cuándo se perdieron) y aquel viejo librero los tenía. Yo iba mucho a conversar con él y un día le hablé de mi deseo de comprarle esos tomos: “quiero que mi hijo tenga la colección completa cuando pueda leer”, le dije, y recuerdo que le comenté porqué aquella colección había sido importante para mí. “Si los vendo por tomo, me desgracio”, me respondió, “después me tengo que comer la colección”. Obviamente, yo no tenía el dinero, ya corrían los tiempos en que aquellos libros se comercializaban básicamente en dólares y con un niño recién llegado al mundo, la necesidad de comprarle leche y pañales (caríiiiiisimos y poquíiiiiiiisimos en cada paquete, como ya saben los cubanos de la isla), me quedaba claro que aquel sería un sueño inalcanzable por un largo tiempo. Pero una mañana de mayo (lo recuerdo porque faltaban días para el primer cumpleaños de mi hijo Lior), cuando ya había dejado de trabajar en el Instituto pero iba de cuando en cuando a visitar a mis amigos allí, pasé a saludar al librero y, casualmente, ese día andaba yo con mi hijo pequeño en el pecho, dormido en el cargador que siempre usaba para llevarlo de paseo, pues quería enseñárselo a una de mis más queridas maestras literarias, la escritora Aida Bahr, que vivía en Santiago pero estaba de visita en La Habana.

– Puedes llevártelos – dijo, señalando a unas pequeñas cajas donde estaban, ya acomodados, los 20 tomos de El Tesoro de la Juventud –. De todos modos me los voy a tener que comer, nadie compra ya esas cosas, así que es mejor que le des un buen uso.

Aunque tal vez llevara algo de razón, lo dijo para no hacerme sentir mal. Por esos días había vendido a un catedrático extranjero un ejemplar de la edición de 1906 de Los negros brujos, de Fernando Ortiz, con prólogo de Lombroso, junto a otras viejas ediciones del sabio habanero sobre ese tema y cuando tuvo el dinero y supo que podría sobrevivir un tiempo, incluso pagando los abusivos impuestos que Eusebio Leal les había puesto a los libreros, decidió hacerme aquel regalo. Lo supe luego por otro viejo librero, antiguo editor, jubilado ya, lamentablemente fallecido hace unos años: “es un vejestorio sentimental, de los que ya no quedan. Me contó que ya se siente mal cuando te ve venir y mirar a esos libros con cara de carnero degollado”, me dijo, riéndose de su propia ocurrencia el editor jubilado.

Esa es la imagen del librero que prefiero recordar.

Pero hay de todo en la viña del Señor, dice la Biblia. Y por ello sería poco objetivo negar que también, entre aquella gente, había quienes sólo veían en el libro un objeto de venta al turista. Recuerdo que, buscando las ventas, incluso los buenos libreros, los honestos libreros, habían asumido la estrategia de colocar en lugares visibles las ediciones cubanas de obras de Fidel y el Ché, libros que solían buscar mucho los turistas de la izquierda nostálgica o militante; pero era fácil diferenciar quién era el verdadero librero y quién el simple mercader: bastaba preguntarles, pues una vez que los llevabas un poquito más allá de las frases aprendidas para vender los libros que mostraban, estos mercaderes se hundían en un océano de incongruencias y disparates.

Recuerdo con claridad un flaco narizón que me fue presentado por otro pirata librero del Vedado: ya se sabe, Dios los cría… Se me acercó interesado en comprar a precio costo ejemplares de la Colección de Cultura Cubana, de la editorial Plaza Mayor, de Puerto Rico, que yo coordinaba entonces; luego, obviamente, él los revendería, con el agregado de que aquellos libros comenzaban a estar mal vistos (es decir, a poseer el valor añadido de lo prohibido) porque dicha editorial era dirigida por Patricia Gutiérrez Menoyo, hija del Comandante Eloy Gutiérrez Menoyo. Por suerte me encontraba ese día con otro librero del Vedado, con quien sostuve y mantengo una larga amistad: un hombre cultísimo, lector como pocos, pero también experto en el mercado del libro. Mi amigo me hizo una seña de complicidad, se acercó a un estante repleto de ediciones de libros de Fidel, tomó el ejemplar de El hombre y el socialismo en Cuba de 1965 que aquel otro “librero” tenía en venta y preguntó por el libro del Ché que había sido una carta original dirigida a un periodista uruguayo llamado Carlos Quijano, director del semanario Marcha de Montevideo. Luego de enseñar esa mueca de la boca con la que solemos expresar que no tenemos ni la más remota idea de lo que se nos pregunta, aquel “librero” contestó que no había oído jamás nada sobre esa carta, asumió pose de culto entendedor y dijo: “hay mucho invento alrededor del Ché, lo meten en todo, nada más falta que publiquen un libro sobre el sexo según Ché”, pero recomendaba ese libro que mi amigo tenía en las manos: “resume su pensamiento más profundo sobre el socialismo”, dijo, nuevamente con pose doctoral, sin llegar a saber que justo aquel era el libro por el que malintencionadamente mi amigo librero le preguntaba.

“No le puedes dar esos tesoros a todo el mundo”, me dijo mi amigo librero mientras nos alejábamos, aconsejándome no venderle ni un solo ejemplar de la Colección de Cultura Cubana a aquel “colega”: “hay libreros y libreros”, siguió diciendo, “y el dinero es mejor que se lo ganen los que somos libreros de verdad, no esos cabrones”.

Es injusto entonces, repito, colgarle a todos los libreros la misma etiqueta. Aunque lleve ocho años fuera de la isla, tengo muchos testimonios y evidencias de que, aún cuando también existen malas yerbas, sectarismos, etc., el mundo de los libreros en la isla sigue siendo un entorno donde también se valora la literatura no sólo por lo que vende (que tampoco es como para hacerse ricos, justo es decirlo porque otra de las sensaciones que deja el artículo es que estos “gangsters” nadan en la abundancia y pertenecen a esa clase de nuevos ricos que hoy existe en la isla). Un mérito de los libreros es no dejar que miles de libros publicados décadas antes mueran en momentos en que el Estado carga las ferias con libros políticos que verdaderamente pocos leen, e incluso conozco a varios libreros que se han convertido en consultores de académicos extranjeros que luego colocan esos libros cubanos en programas de estudios en universidades de Estados Unidos y Europa. Eso, sin mencionar, a muchos libreros y bibliotecarios independientes que han permitido, y aún permiten, que autores y obras prohibidas por la dictadura escapen a las ferreas barreras del control y la censura y puedan ser leídas por miles de cubanos.

Si es válido el llamado (me parece que honesto) que hace el periodista Gilberto Padilla Cárdenas sobre este fenómeno que él considera ya en estado de plaga (lo cual debe ser, ciertamente, motivo de preocupación), dejar tan abierta la idea de que el gangsterismo está extendido (con lo cual se le pone la etiqueta de gángster a todos por igual e incluso se puede despertar una nueva cacería de brujas contra los libreros) es algo que, además de injusto y poco objetivo, le resta fuerza al llamado a la reflexión que se percibe tras leer este artículo.

La cultura cubana: ese circo romano

Publicado por Amir Valle | Publicado en Política cubana | Publicado el 22-05-2014

cultura-cubana-circo-romano

Leonardo Padura, Ángel Santiesteban, Rafael Vilches Proenza

 

Había prometido no tocar más el tema. Hoy rompo esa promesa. Las circunstancias, vergonzosas, me obligan. Había jurado no pronunciarme más sobre la posición de mis colegas escritores e intelectuales en la isla y el exilio, animado por dos creencias que aún considero esenciales: primero, porque el flagelo de división que tan maquiavélicamente nos inyectó el gobierno en estos más de 50 años enciende su llama devastadora con cualquier criterio crítico que se lance en una u otra de las orillas del asunto cubano y siempre he preferido levantar puentes que nos unan y permitan correr las aguas que nos limpien del veneno de ese “divide y vencerás” que todos los cubanos, sin distinción, cargamos en nuestros huesos; y segundo, porque llevo 8 años fuera de la isla y me parece muy injusto exigir a otros que se lancen a un peligro que nosotros mismos ya desconocemos (aunque lo imaginemos) y, en cualquier caso, del que estamos a salvo.

Sin embargo, me hierve la sangre cuando observo el espíritu de gladiador de circo romano de ciertos colegas.

 

Ciertos hechos

Leonardo Padura es mi amigo. Lo ha sido desde que nos conocimos, allá, a finales de los años 80, cuando él ni siquiera pensaba ser el escritor que hoy es. Entonces, solía decirnos, sólo soñaba con hacer un periodismo distinto (y lo hizo) y, poco después, con escribir grandes historias (y las ha escrito). Siempre que nos encontramos en eventos internacionales conversamos como amigos, desde posiciones muy diferentes, muy encontradas, muchas veces sin ponernos de acuerdo, pero con respeto.

Ángel Santiesteban es el hermano que mis padres no me pudieron dar. La mitad de nuestras vidas hemos estado hermanados, atravesando juntos las negras y las blancas, las luces y las sombras, los desgarros profundos y las profundas alegrías, desde aquella tarde en que nuestro maestro literario común nos presentó y le dijo: “dale tus cuentos a Amir, si pasas la prueba de su aguda crítica puedes considerarte escritor”, y yo tenía entonces sólo 19 años. Me criticó, como él mismo ha escrito, cuando yo decidí decir lo que pensaba: “eres escritor, no político, lo nuestro es escribir”, me dijo a fines de los años 90, no le hice caso y me vi convertido en un apestado social al que todos los escritores de la isla eludían toparse en las calles, al tiempo que, desde el exilio, se me condenaba por mi antiguo trabajo en instituciones culturales y se me acusaba de “escritor procastrista” sin mostrar ni una sola prueba en mi contra. Por eso hoy, que él también se ha lanzado al ruedo de decir lo que piensa, entiendo las miradas críticas que sufre Ángel llegadas, desde esa misma intelectualidad insular y exilada que me atacara años atrás.

Rafael Vilches, y me enorgullece y sonroja decirlo, se ha ganado a pulso que lo considere un hermano: es uno de los tres escritores cubanos que en la isla defienden públicamente mi nombre, sin miedo a ser reprimidos por andar en contacto con la “papa podrida” que los comisarios políticos dicen que soy desde ese día en que sufrí metamorfosis en sentido contrario: de mariposa a gusano, al dejar de escribir de niños campesinos soñadores para reflejar en mis cuentos esas caras sucias de la dura realidad que yo veía (y sufría en carne propia) en los barrios marginales donde viví hasta que me desterraron tirando fuera del saco (léase fuera de Cuba) esa papa podrida.

Los tres, Padura, Ángel y Vilches, desde perspectivas obviamente distintas debido a su experiencia de vida y a su formación, han mantenido y mantienen, en su accionar como ciudadanos pensantes y en su literatura, posiciones críticas hacia nuestro desastre nacional que debieran ser respetadas, apoyadas y divulgadas como lo que son: expresiones del derecho de cada quien a pensar distinto. Sin embargo, salvo comentarios muy aislados que demuestran que aún quedan mentes claras a la hora de analizar esa complejidad erizada que es el Caso Cuba, un simple bojeo en las redes sociales o los comentarios de sitios en internet que publican información o trabajos de estos tres escritores basta para encontrar un panorama vergonzoso: la intolerancia de críticos de allá y de acá (entiéndase, isla y exilio cubano) que pretenden que todo el mundo piense igual, reproduciendo allá y acá esquemas divisionistas y descalificadores idénticos a los que utilizan quienes nos han reprimido por más de 50 años precisamente porque no hemos tenido la decencia de conciliar nuestras heridas, guerritas personales y egolatrías con un objetivo mayor: el de unirnos en las diferencias para que los dictadores (Fidel Castro, Raúl Castro y los que, seguro, vendrán) no nos sigan pateando alegremente nuestros “ilustres” traseros.

 

Ciertas preguntas

¿Hasta cuándo seguiremos dejando vivir dentro de nosotros a ese tiranuelo que nos inocularon y que veo repetirse, una y otra vez, en el comportamiento “patriótico” de la inmensa mayoría de los cubanos, allá o acá? ¿Qué Cuba creen ustedes que lograremos si esa democracia, ese respeto a la pluralidad de criterios, esa tolerancia que tanto utilizamos en nuestros discursos públicos se queda sólo allí, en el texto teatralmente heroico de esos discursos? ¿Hasta cuándo seguiremos dejando solos a quienes, aunque sea tímidamente, logran saltarse la barrera del miedo y expresan sus críticas contra el gobierno? ¿Por qué seguir atacando a quienes no tienen más remedio que utilizar ese falsario método de expansión ideológica del castrismo que es el llamado “intercambio cultural Cuba-Estados Unidos”, en vez de encauzar esas fuerzas en una plataforma unida para exigir a quienes sea necesario que se produzca un intercambio real, sin condicionamientos de ninguna de las dos partes? ¿Se han puesto a pensar esos críticos cuán solos y desamparados se sintieron, en su momento, estando aún en Cuba, escritores como Luis Felipe Rojas Rosabal, Michael H. Miranda, Armando Añel, Manuel Vázquez Portal y otros más de una larga lista, sencillamente porque los que podían opinar en la isla y el exilio andaban perdidos lanzándose mordidas en los laberintos ombliguistas de sus credos tan totalitarios como el totalitarismo que nos aplastaba y nos aplasta aún a los cubanos? ¿Por qué pedirle a Padura que sea tan radical como Ángel Santiesteban? ¿Por qué pedirle a Fernando Pérez que no siga insistiendo en encontrar una salida al caos desde dentro de instituciones como la UNEAC y el ICAIC, pues la solución que vemos está en la independencia como lo ha hecho el proyecto Omni Zona Franca? ¿Por qué exigirle al director de cine Ernesto Daranas que haga películas profundamente subversivas y no esa (cito aquí un comentario de un blog) “complaciente mirada sobre un tema tan vital, la educación? ¿Cuándo nos daremos cuenta de que lo importante es que exista en la isla la crítica de Padura, la de Ángel Santiesteban, la de Fernando Pérez, la de Rafael Vilches, la de los muchachos de Omni, la de los raperos independientes, la de Ernesto Daranas, e incluso la de los humoristas cubanos que hacen esa crítica superficial, gastada y llenas de clichés que llamamos “crítica del pan y la croqueta”? ¿Estamos tan ciegos en nuestras rabias, envidias y trincheras como para no ver que todos esos estados de la crítica eran impensables apenas unos años atrás y ya van erosionando, rasguño a razguño, el muro de inopia y conformismo tras el que ha estado encerrado nuestro pensamiento más de cinco décadas ya?

Siendo aún un niño, al escuchar a un matrimonio vecino discutir, mi abuelo dijo: “¡cuánto le cuesta a la gente entender que es mejor callarse si lo que se dice, en vez de ayudar, complica las cosas”. Llevo casi toda mi vida aplicando ese principio. No me gusta acusar a nadie de agente o espía del castrismo si no tengo pruebas reales porque eso sólo ayuda a fomentar más la división que el castrismo nos metió en la sangre. No me gusta tampoco acusar a ningún colega de cobardía, confabulación u oportunismo, aún cuando tenga pruebas, porque creo que esa es una cuenta que cada uno deberá ajustar con su conciencia y con la historia, y además porque esas acusaciones (también) sólo sirven al castrismo. Y creo que, ante las dudas que gravitan sobre ciertos proyectos culturales o políticos en torno al tema Cuba, si no se tienen pruebas irrefutables que demuestren nuestras dudas, callar sería una opción más que inteligente, estratégica, de cara a la unidad que necesitamos los cubanos para sacudirnos de una vez todos estos años de oprobio. Pero hasta en eso de inflar las dudas, las sombras y el carácter controvertido de figuras opositoras de la política y la cultura somos marionetas de quienes nos han malgobernado durante estas cinco décadas. Nos divertimos dividiéndonos, llegamos al orgasmo hablando mal hasta por los codos del que tiene éxito o ha logrado lo que nosotros no pudimos, nos sumamos con singular euforia a la comparsa de ese carnaval de máscaras egoistas que es vivir siguiendo, por igual en la isla que en el exilio, las pautas dictadas por nuestros dictadores de turno desde La Habana.

 

La soledad ja ja…

Me resulta muy curioso que a la defensa de Padura hayan salido sólo dos o tres artistas residentes en la isla, pero nadie lo ha hecho en el exilio. Y eso, aunque sea duro de entender, nos hace cómplices del ataque que contra Padura han hecho Atilio Borón y su comparsa intelectual de la izquierda caviar, defensor él y ellos de la dictadura cubana, y de cuantas dictaduras de signo izquierdista se han impuesto o intentan imponer en el resto del mundo.

Me resulta aún más curioso que apenas un dos o un tres porciento de los intelectuales y artistas cubanos de la isla y el exilio se hayan pronunciado a favor de Ángel Santiesteban, ni siquiera cuando ya hasta prestigiosas instituciones internacionales lo apoyen luego de comprobar por sus propios medios que la acusación de violencia doméstica por la cual cumple cinco años es una patraña urdida por la Seguridad del Estado para castigarlo por abandonar el redil de las mansas ovejas y escribir en su blog Los hijos que nadie quiso esas verdades que la dictadura prefiere ocultar.

Todavía más curioso es que ninguno de esos cerebros críticos de la isla y el exilio hayan tendido su mano para apoyar o ayudar, aunque sea sólo en la promoción de sus libros, a Rafael Vilches, un escritor cuyo credo más fuerte es la fidelidad a sus amigos, piensen como piensen, con lo cual está haciendo una peligrosa labor de zapa, defendiendo a sus colegas y amigos “caídos en desgracia por sus labores opositoras” y “contaminando” con su ejemplo de tolerancia y de defensa de su pensamiento plural a esos otros colegas que aún creen en el cuento de la necesidad de defender a una Revolución sitiada por el imperialismo.

La historia se repite: mencionando sólo algunos de los muchos casos de escritores e intelectuales reprimidos en la isla cuyas historias he seguido de cerca o conocido, en los años setenta, dejamos solos a quienes hicieron PM y a quienes creyeron en esa otra posibilidad de hacer cine, a Heberto Padilla, Belkis Cuza Malé, Reinaldo Arenas, Carlos Victoria, José Mario, Reinaldo García Ramos y escritores del proyecto literario El Puente, entre otros; en los ochenta dejamos solos a todos los escritores, pintores, músicos y bailarines que vieron en los postulados del proyecto Paideia un rumbo para la necesaria independencia cultural; en los noventa abandonamos en esa misma soledad impotente a José Mariano Torralbas y Guillermo Vidal, por sólo citar dos casos de escritores bien golpeados en sus provincias de origen, a Rolando Sánchez Mejías y los muchachos de Diaspora(s), y en estos primeros años del nuevo siglo hemos abandonado a Antonio José Ponte, Raúl Rivero, Manuel Vázquez Portal, Dagoberto Valdés y el proyecto independiente Vitral, más los ya antes citados en algunas partes de este escrito.

Lo más terrible es que cada vez soy más pesimista: mientras sigamos mirándonos el ombligo, lamiéndonos las heridas y lanzándonos mordiscos unos a otros, en Cuba los artistas, escritores e intelectuales seguirán hundidos en el miedo porque del otro lado sólo escucharán acusaciones de ser agentes castristas y lamebotas (lo que les confirma cada día la propaganda siniestra que sobre el exilio ha echado a correr el régimen); el exilio cultural seguirá siendo esa ensenada llena de barcas aisladas que se lanzan cañonazos en una batalla cotidiana bajo la clásica fórmula de cubaneo “quítate tú, pa’ponerme yo”, y en sus mansiones habaneras, heredadas de sus poderosos padres, los nuevos dictadores que nos merecemos estarán solazándose en sus poltronas con esas caras de goce supremo que debían tener los emperadores romanos cuando cerraban el puño –el dedo pulgar apuntando hacia la tierra–, ordenando a uno de sus gladiadores que acabara con la vida del vencido.

El cubano dejará de ser el lobo del cubano

Publicado por Amir Valle | Publicado en De Literatura | Publicado el 07-05-2014

AmirValle-Entrevista-Vilches-2014

 

Entrevista al escritor y periodista cubano Amir Valle

 

Publicada en la revista Cuadernos de Pensamiento Plural,
Número Cuatro, Año II, Invierno de 2013
Páginas 25 a la 30.

Por Rafael Vilches

 

Amir Valle es uno de los escritores cubanos más buscados, querido y leídos por los lectores de su país, a pesar de llevar varios años fuera de la patria, a la que un mal o buen día el estado cubano no lo dejó retornar.

 

¿Cuáles fueron tus inicios como escritor?

A mis padres, maestros de profesión, debo mi interés por la lectura. Recuerdo el hermoso pelo de mi madre cayendo sobre mí, esas noches en que se acostaba a mi lado a leerme cuentos infantiles. Y allí, en un pueblo llamado Antonio Maceo, en Holguín, escribí mis primeras historias cuando, a los siete años, quedé impresionado por Las aventuras de Tom Sawyer y quise escribir algo parecido, aunque obviamente lo que escribí entonces fue un bodrio. Luego tuve la suerte de irme a Santiago y allá, de la mano de Aida Bahr y en la cercanía de José Soler Puig, descubrí que quería ser escritor.

 

Eres de los pocos autores que aun siendo muy joven, tus novelas se convirtieron en especies de Bestsellers cubano, ¿a qué crees que se debió?

Uno de los problemas más graves que ha tenido la literatura cubana es que, siguiendo los modelos de grandes como Carpentier y Lezama, se ha mirado demasiado el ombligo, literariamente hablando, y ha olvidado que hay un mundo alrededor nuestro por narrar y que la gente quiere escuchar esas historias. Yo hice lo mismo durante un tiempo, pero un día descubrí que quería contar la vida, sueños y frustraciones de esa gente que habitaba en mi mismo barrio. Y quise contarlo como ellos lo contaban, en su lenguaje, con toda la violencia, la pasión y la sinceridad con la que ellos vivían sus vidas. Creo que a eso se debe que durante muchos años, en Cuba, además de Padura y Chavarría con sus policiacas, fuimos Guillermo Vidal y yo los más leídos.

 

¿Por  qué rompiste con las instituciones estatales cubanas, si estabas muy bien situado dentro del entramado de la literatura en el país? ¿Y por qué no regresaste a Cuba, después de tu viaje a España y Alemania? 

Cuando tenía 14 años, mi padre, uno de esos hombres que hicieron esa Revolución, me dijo que él había luchado para que yo pudiera pensar y decir lo que quisiera sin que nada pasara. Él había perdido, asesinados por Batista, a muchos amigos que protestaron contra aquella dictadura. Y creí mucho tiempo en esa Revolución, precisamente hasta que quise poner en práctica lo que mi padre me había dicho, pues había estudiado periodismo pensando que podría ayudar a hacerla más fuerte. Me pidieron que mintiera y no lo hice; que callara, y no lo hice. Y decidí, ya que no me dejaban escribir en los periódicos, llevar esa realidad a mis libros. Fue peor. Y ya lo he dicho: es cierto, mientras mis cuentos iban de niños soñadores que jugaban con las mariposas en el campo, no tuve problemas. Cuando quise hablar de los traumas de mi vida, de mis frustraciones y críticas (es decir, del trauma nacional) llegaron las censuras. Muchos no saben que llegué a estar donde estuve a base de ganar premios, de imponerme a los ataques sucios de muchos comisarios de la cultura. Excepto uno, todos mis libros en Cuba se deben a premios que gané porque en los jurados hubo escritores dignos que no se plegaron a manipulaciones para arrebatarme los premios. Mis libros demoraban en publicarse y se publicaban luego de negociaciones, varios de ellos mutilados (no tuve valor entonces para defenderlos, lo reconozco, quería cumplir el sueño de todo escritor joven: publicar y publicar y publicar).

Pero a partir de 1997 comencé a ser publicado y reconocido fuera de Cuba y eso me permitió viajar y comprender que Cuba estaba peor de lo que yo creía. Comencé a decir eso en las entrevistas fuera de Cuba; dije en Cuba cosas que no eran convenientes en momentos muy duros y siempre mantuve mi independencia de cualquier grupo político (además de considerarme un lobo solitario, todavía tenía en mí el veneno de la desconfianza a la oposición que la propaganda del gobierno me había sembrado); me propuse colaborar con aquellos proyectos que creí independientes (coordiné la Colección de Cultura Cubana, de la editorial Plaza Mayor, de Patricia Gutiérrez Menoyo; ayudé a Dagoberto Valdés durante algunos años a organizar los premios Vitral; intenté crear mi propia revista Letras en Cuba, de la cual logré emitir en internet 30 números hasta que me quitaron el correo electrónico como castigo por hacer una publicación no autorizada)… en fin, quise ser libre y eso no se veía bien. Al decir de cierto escritor devenido hoy en alta figura del Raulismo: “Amir es una papa podrida”.  Como tú recuerdas, casi todos los escritores de nuestra generación y de las generaciones posteriores, me respetaban y querían que yo revisara sus obras. Existía el peligro de que esas papas sanas se pudrieran. Las papas podridas se echan fuera del saco antes de que pudran el resto, así es que alguien decidió eso.

Yo no me quedé, Vilches, quiero aclarar eso. A mí me desterraron. En octubre de 2005 salí a presentar en España la que era en ese entonces la cuarta novela de mi serie de novelas negras: Santuario de sombras. Mi editora, Nicole Cantó, había creado el hoy muy reconocido Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona y me propuso trabajar como jurado seleccionador, por lo cual obviamente me pagarían un buen dinero, y como para hacer eso necesitaba pasarme una semana del tiempo de mi permiso de estancia en el exterior, hice los trámites requeridos y se me dijo que no habría problemas, que tendría la extensión, trámite que normalmente hacen los escritores a través de la institución cultural por la que viajan, en mi caso, a través de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba). Pero cuando pasó el tiempo sin que me avisaran, reclamé el permiso para entrar y nadie tenía idea de nada, ni en Cuba ni en los tres consulados que visité en Europa. Al ver que yo estaba ilegal, buscando una solución para ayudarme, mi editor alemán, el también escritor Peter Faecke, habló con la Fundación Heinrich Böll que decidió concederme una beca de tres meses en Langenbroich, la casa de campo de este Premio Nobel alemán, dedicada desde su muerte a recibir a escritores, artistas y periodistas con problemas políticos en sus países de origen. Seguí reclamando por mi permiso de entrada en el consulado cubano de Bonn, sin respuesta. Me concedieron tres meses más de permiso en Alemania. Y entonces el PEN CLUB internacional, enterado de mi caso, me acogió en el programa “Writers in Exile”, bajo la tutela del PEN CLUB de Alemania. Estuve allí tres años, hasta octubre de 2009. En ese período seguí reclamando mi derecho de regresar a Cuba en el consulado en Berlín y me llamó mucho la atención que no querían darme respuesta pero sí insistían sospechosamente en que mi esposa tenía que regresar y sí podía hacerlo, claro, pagando todos sus meses de estancia en el exterior, pues ella había viajado conmigo en 2005. Supe ahí que jamás tendría respuesta: su interés era separarnos. Luego de reclamar una y otra vez tuve una tímida y confusa respuesta: “ha sido un error, ya tenemos su permiso acá”. Pero mi pasaporte estaba vencido, tuve que sacar uno nuevo y cuando me enviaron el pasaporte no había ningún permiso. En fin, una farsa.

Luego de eso, al ver que no me dejarían entrar, comencé los trámites para que dejaran salir a mi hijo de cuatro años y luego de historias de presiones, chantajes y forcejeos que servirían para una novela de terror y espanto logré tenerlo conmigo en Berlín. Mi hijo mayor, de 18 años entonces, logró salir invitado por una universidad un año después.

Pensé que se habían ensañado conmigo, pero en ese tiempo en el que lancé la denuncia internacional recibí mensajes y llamadas telefónicas de cientos de cubanos exiliados que habían estado en mi misma situación. Es decir, es un procedimiento usual de la dictadura para castigar a quienes deciden escapar o a quienes, como yo, ellos deciden echar del país.

 

¿Qué significado tiene para Amir Valle haber sido uno de los mejores amigos del escritor Guillermo Vidal?

Guillermo fue el más leal amigo que tuve. Recuerdo que en el 2003, un año antes de morir, a mí me habían invitado a la Feria del Libro en Las Tunas y, días antes, llamaron de La Habana para decirles que estaba prohibida mi participación. Guillermo armó un escándalo grande y dijo que si no me invitaban él se iba a llevar a todos los escritores a los potreros de la Tunas para hacer allí una feria especial donde yo pudiera participar, pero que no habría ni un escritor en las actividades oficiales. Se vieron obligados a invitarme y, aún así, “casualmente” un ladrón entró a mi habitación en el Hotel Las Tunas y, aunque había dinero en una maleta, robó de allí todos mis libros y otros libros de la Colección Cultura Cubana de Plaza Mayor que yo debía presentar. Luego del encabronamiento, recuerdo que Guillermo se reía mucho diciendo que yo tenía hasta la suerte de que me tocara ser robado por un ladrón tan ilustrado, tan culto.

Era, lo sabes tanto como yo, un gran hombre, un inmenso escritor. Cuando murió, supe que perdía a mi mejor y más crítico lector, a mi más honesto consejero, al único ser humano aparte de mi padre al que yo le permitía que me gritara y dijera horrores cuando yo metía la pata. Era el único que leía mis libros antes de publicarse. Si algo bueno tengo como escritor se lo debo a esa relación tan cercana con él. Incluso la mayoría de mis virtudes se las debo a sus enseñanzas. Y lo siento si alguien se ofende, pero el estilo de Guillermo Vidal, como el de Soler Puig, son dos de los mayores aportes literarios del siglo XX a las letras cubanas. Ellos lograron un sello que los diferencian claramente de todo lo que se escribió y se escribe.

Tuve la suerte de que antes de morir les dijera a su esposa y a sus hijos que yo era el único que podía determinar sobre su obra. Me nombró su albacea literario, y aunque en Cuba algunos funcionarios han pretendido ignorar los derechos que eso me confiere, he preferido dejarlos hacer para no boicotear la presencia de Guillermo y de su obra en Cuba. He querido en ese sentido actuar tan limpiamente como siempre actuó Guillermo en vida, incluso con sus enemigos.

 

¿Crees necesaria una transición en Cuba?

Es obligatoria. Me preocupa mucho el actual proceso de haitianización a todos los niveles que se está produciendo en la isla. Allá adentro, en la lucha por la supervivencia, ustedes quizás no lo noten. Pero mirar a Cuba desde la lejanía, teniendo a mano un nivel de información tan grande como hoy existe, me ha permitido comprender mejor a mi país. Lamento decir que a pesar de los avances que han logrado los diversos sectores de la oposición, todo lo que veo me indica que la transición la harán los herederos del actual poder, pero más que transición será una sucesión. Están posicionados ya en sectores vitales a nivel nacional e internacional, no dan un paso sin que esté fríamente calculado en ese sentido, el nivel de pactos que están estableciendo esas nuevas nomenclaturas con los poderes económicos, mediáticos, financieros y políticos internacionales es descomunal, y es ingenuo pensar que cederán espacio. Tengo muy cerca esas transiciones ocurridas en países como Rusia, Bulgaria y Hungría, donde hoy gobiernan quienes antes reprimían directamente al pueblo desde las oficinas de la Seguridad del Estado, y lamento no ser tan optimista como los opositores en la isla, cuyo principal meta debe ser, ante todo, dejar a un lado evidentes caudillismos, posiciones sectarias, unirse en el respeto a la diferencia y crear una plataforma única dirigida a concientizar a un pueblo abúlico, desencantado de cualquier cosa que huela a política, un pueblo al que sólo le importa sobrevivir o escapar de la isla. Es una tarea difícil, pero creo que únicamente de ese modo, alguna vez, podrá ocurrir un cambio desde abajo, desde el pueblo.

 

¿Cómo siente el cubano de la diáspora, el país tan lejano y que lleva tan dentro de sí?

No puedo hablarte a nombre de otros. Sé que todo exilio es traumático, pero debo decir que yo estoy contento. Ni siquiera me siento exiliado cuando veo cómo mis dos hijos se han adaptado a este país y a esta cultura. Doy gracias a Dios cada día por estar aquí, donde la crisis internacional apenas se siente… y encima de eso, como te dije, ahora recibo más noticias, mensajes, cartas y libros de Cuba que cuando vivía en La Habana. Falta, obviamente, lo físico, pero hay una Cuba que uno lleva siempre consigo, y esa, querido hermano, no te la puede arrebatar nadie.

 

¿Qué importancia le ves a lo que pueda aportar el exilio si en Cuba hubiera una transformación verdadera?

Una importancia inmensa. Creo que a la Cuba democrática que necesitamos el exilio es el que más tiene que aportar. La democracia se puede entender sólo cuando uno vive en ella, cuando ve cómo funcionan sus mecanismos y poderes, cuando puede disfrutar de sus enormes beneficios en todos los ámbitos de la vida. Eso, si se lo cuentas a un cubano que nunca haya salido de la isla, lo sentirá como ciencia ficción. Y a esa experiencia de vida debes sumar las nuevas generaciones que están formadas acá, el poderoso ámbito de empresarios cubanos a los que podría invitarse a reconstruir el país…, pero el mayor aporte está en que llegará el día en que los cubanos podamos entender que la isla no termina económica, social, ni culturalmente allí donde acaban nuestras costas… Ahí está, para ese momento de cambio, la experiencia de otros países que supieron crear un puente de retroalimentación entre sus exilios y el país, y eso es todavía más fácil hoy en un mundo tan hipercomunicado como éste en el que vivimos.

 

¿Qué ha sucedido con la vida literaria de Amir Valle en todos estos años de ausencia de la patria?

Hace justo una semana estuvo acá un amigo escritor cuyo nombre acordamos no mencionar. Me hizo esa pregunta y me limité a pararlo delante del estante donde está mi colección personal de libros publicados: Le dije: “Estos son mis libros en Cuba”, y lo vi mirar al buchito de libros finitos que ocupaban apenas unos 20 centímetros en el estante; y luego le enseñé el resultado de estos ocho años de destierro: 9 novelas, dos libros de cuentos, dos libros de testimonio, cuatro antologías, con sus correspondientes ediciones en varias lenguas, además de un estante completo lleno de más de 50 antologías, compilaciones y revistas de Latinoamérica, Estados Unidos y Europa donde han aparecido cuentos, fragmentos de novelas o artículos literarios de mi autoría. Si hace unos años alguien me diría que yo estaría publicado en editoriales grandes y tan codiciadas como Planeta, Seix Barral, Ediciones B o Santillana, le hubiera dicho que mentía. Por si eso no bastara, vivo en Berlín, ciudad considerada la capital cultural de Europa en estos momentos, tengo ocho de mis libros publicados en alemán, viajo cada año invitado a numerosos eventos en todo el mundo, mis obras forman parte de los planes de estudios de las más importantes universidades europeas y latinoamericanas; dirijo desde el 2007 OtroLunes – Revista Hispanoamericana de Cultura, donde colaboran muchos de los más reconocidos y prestigiosos escritores e intelectuales de la lengua española; mis obras han sido elogiadas por muchos escritores de primer nivel mundial como los premios Nobel Mario Vargas Llosa y Hertha Müller; he ganado cuatro premios internacionales de los más codiciados en la lengua española y hasta tengo la suerte de que varios de mis libros hayan estado durante meses entre los más vendidos en América Latina, España y Europa…,  ¿qué más puedo pedir?

 

¿Cuáles escritores cubanos de los que permanecen en la isla, crees que debieran ser reconocidos, visualizados y promocionados por la crítica y el mundo editorial fuera del país?

Me pones en un aprieto porque, ante preguntas como esta uno siempre tiene horrendos olvidos. Como te dije, recibo tantos libros enviados desde Cuba por colegas de varias generaciones que tengo un librero de dos bandas dedicado sólo a esos libros. Permíteme no mencionar nombres, pero si a mí me pidieran recomendar a alguien, hablaría de unos pocos que, tanto en la poesía como en la narrativa, escapan de una especie de pantano literario que ahoga a buena parte de la literatura de la isla. Sé que esto puede caer mal a algunos, pero en mis contactos usuales con agentes literarios, académicos y estudiosos de las letras en lengua española siempre encuentro resistencias al hablar de nuestra literatura porque consideran que los cubanos nos estamos cocinando en nuestro propio jugo, repitiendo hasta el mimetismo más absurdo fórmulas, modas y escuelitas literarias, muchas de las cuales sólo funcionan para escalar peldaños dentro de las estructuras inteligentemente estratificadas de la cultura nacional, sin que ello signifique un real valor literario y mucho menos un aporte a la larga y riquísima tradición literaria cubana. Siento decir que un país en tal estado de combustión como lo es Cuba debiera tener una literatura más rica, más amplia, más repulsiva y menos aburrida, más humana y menos cerebral, como sucede actualmente en las literaturas colombiana, mexicana, chilena y argentina donde la literatura se ha convertido en un espejo del alma social, del amplio espectro humano y de miserias humanas o esperanzas de esos países. Si me preguntan a qué se debe, respondería que hay que romper la mítica, los esquemas sean cuales sean, los provincianismos faranduleros y buscar, como diría Guillermo Vidal, ese “más allá” que toda gran literatura tiene. Y aclaro: no es una crítica sólo a mis colegas de la isla, pues todo eso sucede, en modo similar aunque en condiciones y por condicionantes distintas, en la literatura cubana que hoy se escribe en el exilio. En ambos lados, es justo decirlo, hay algunos nombres que se salvan de esa pandemia.

 

El narrador Ángel Santiesteban ha sido condenado a prisión, y muy pocos escritores e intelectuales en el país han levantado su voz para condenar esta acción, ¿qué opinión te merece este hecho?

Como sabes, además de ser casi un hermano soy el representante literario legal de Ángel, así que me ha tocado buena parte en esos intentos para que nuestros colegas en la isla pierdan el miedo y lo apoyen. Por un lado están esos, los que sienten miedo, lo cual es lógico viviendo en un sistema como aquel que te inyecta ese terror cada día desde que naces; por otro lado están quienes creen sinceramente que un escritor no debe meterse en política (Ángel mismo, hace unos años, me criticó cuando yo decidí alzar mi voz y, como él dijo en una entrevista, me quiso hacer saber que lo nuestro era escribir); y por otro lado, lamentablemente, hay una gran cantidad de oportunistas que no moverán un dedo si ello les hace perder un milímetro de la posición que limpia o suciamente han logrado en el tan exclusivo ámbito de la cultura nacional. No es nada nuevo, querido Vilches: yo lo viví y tuve que sufrir (y sufro) cuando incluso amigos que habían publicado fuera de Cuba gracias a mis gestiones se hicieron, como decimos allá, los chivos con tontera para no ser afectados por mi postura “no conveniente” según la norma oficial. Tú lo estás sufriendo desde que decidiste asumir la dignidad intelectual y cívica como postura ante la vida. Y Ángel, además de todas esas traiciones, está sufriendo la traición incluso de quienes una vez lo auparon como “una joya de las letras cubanas” aprovechándose del enorme cuentista que realmente es.

Comprendo el miedo, es un derecho humano sentirlo y más en una dictadura; comprendo a quienes cierran los ojos apostando por una pureza literaria que no puede ser contaminada por las sucias aguas de la política, es una opción incluso democrática; y comprendo a quienes traicionan por oportunismo intentando lograr con esas artimañas lo que con sus obras no pueden. Pero yo duermo tranquilo; sé que tú puedes dormir con las tripas ardiendo de hambre pero dignamente tranquilo… Ellos no pueden decir lo mismo y, desgraciadamente, tanto los miedosos, los puristas como los oportunistas cargan gracias a sus aptitudes una cuota de complicidad y culpa en el crimen.

¿Recuerdas cuando el Guille siempre intentó (y logró) mantenernos unidos con aquello de “Caballeros, si nos dividen, nos joden”? Pues nos han jodido, Vilches. La prueba es la soledad indefensa en la que han dejado a nuestro hermano Ángel.

 

¿Consideras  que la emigración cubana forma parte de la Nación?

Hay una cultura cubana solidificándose ahora mismo y desde hace ya más de 50 años en el exilio; hay raíces cubanas anclándose en otras latitudes; hay generaciones de cubanos ampliando racial, lingüística y socialmente los términos de la isla más allá de la geografía insular; hay una isla reconstruida en el imaginario cotidiano de más de dos millones de cubanos regados por esos mundos; hay una revisitación y un rescate de nuestra tradición. Eso, que es acontecer y esencia de la emigración, siempre será parte de la Nación.

 

Un mensaje para tus lectores en Cuba. 

Repito aquí lo que una vez dije en otra entrevista. Agradezco los mensajes que cada semana me llegan desde la isla, de personas que leen mis libros en la clandestinidad. Agradezco a esos otros miles de cubanos que, desde muchas partes del mundo, me escriben para decirme que me leen, muchos de ellos trasmitiéndome la alegría de que ya pueden buscar mis novelas sin esconderse de nadie. A todos ellos y a quienes nunca han leído ni una línea de mis libros dejo aquí esta observación para cubanos: sueño con el día en que lleguemos a unirnos en la diversidad y las diferencias, pues esa es la clave para la unidad nacional que necesita la Cuba futura. Solo así dejaremos de ladrarnos unos a otros; sólo así venceremos ese estigma que nos sembraron: el “divide y vencerás” en el que muchos crecimos que tan buenos frutos le ha dado a los dictadores. Cuando llegue ese día, el cubano dejará de ser el lobo del cubano, no padeceremos de nuevos dictadores que nos engañen con promesas falsas, y volveremos a ser un pueblo admirado por su generosidad, su dignidad, su sinceridad, su reciedumbre moral y su humanismo.

 

*****

Descargue aquí la revista
Cuadernos de Pensamiento Plural, Número Cuatro, Año II, Invierno de 2013

Esa indecencia que es la muerte

Publicado por Amir Valle | Publicado en Generales | Publicado el 31-03-2014

Con Peter Faecke y su esposa Mónika en la Feria Internacional del Libro de Frankfurt, 2006.

Con Peter Faecke y su esposa Mónika en la Feria Internacional del Libro de Frankfurt, 2006.

 

Palabras por la muerte del escritor y editor alemán Peter Faecke

 

Peter Faecke ha muerto, escribo. Y es una putada tan grande que me siento vacío. ¿Dónde se ha metido el escritor que soy, ése que necesito ahora para escribir las palabras que un hombre como Peter merece? ¿Por qué un suceso tan burdo y cotidiano como la muerte atonta y aniquila de este modo? “Todavía no acepto que no esté”, me dijo ayer su esposa Mónika y es esa justamente la frase que me gustaría gritar, tal vez el único modo de sacarme del pecho el dolor que deja la muerte del ser humano al que debo, entre otras muchas cosas, que el destierro no sea ese “trauma que se arrastra para siempre”, como me dijo él hace ya ocho años. Y ya sólo eso es bastante para estar profundamente dolido: quienes nos hemos visto forzados a emigrar o hemos sido desterrados bien lo sabemos. Leer el resto de esta entrada »

Paquito D’Rivera y el espíritu de lo cubano

Publicado por Amir Valle | Publicado en De Literatura | Publicado el 13-03-2014

paquito-d-rivera

 

En la música, es indudable, Paquito D’Rivera es un cubano universal. En simples palabras, esa rara especie de cubanos que van por esos mundos recordando a todos con su maestría artística que existe una islita en medio del Mar Caribe de donde han salido músicos de calidad tan impresionante que han influido incluso en el universo musical de otras naciones, ya sean tan cercanas a nuestra idiosincrasia como Estados Unidos o tan alejadas culturalmente como la India o Japón. Y nótese que no hablo de cualquier rasca guitarra, que los hay lamentablemente en cantidades industriales y los encontramos en cualquier esquina del planeta también aprovechándose de la mística ya creada por otros. Leer el resto de esta entrada »

Huber Matos: el ogro que nos pintaron

Publicado por Amir Valle | Publicado en Política cubana | Publicado el 07-03-2014

Hubert Matos (Yara, 1918 - Miami, 2014)

Hubert Matos (Yara, 1918 – Miami, 2014)

Huber Matos, uno de los míticos Comandantes que en 1959 encabezaron la Revolución Cubana, uno de los primeros disidentes de ese proceso social y uno de los más respetados líderes de la oposición cubana en el exilio, muere en Miami a los 95 años y, aunque en la isla se ha borrado su nombre de los programas de historia nacional, millones de cubanos que sí conocen ya el verdadero protagonismo que tuvo en los más importantes sucesos históricos del siglo XX cubano, lo han despedido con el mayor honor: la reinscripción de su nombre en el panteón de la Memoria Histórica Popular de Cuba. Leer el resto de esta entrada »

Desde el escombro del recuerdo

Publicado por Amir Valle | Publicado en Generales | Publicado el 04-03-2014

Edificio Arbos, Oquendo 308, entre San Rafael y San Miguel, Centro Habana.

Edificio Arbos, Oquendo 308, entre San Rafael y San Miguel, Centro Habana.

 

Mi edificio, mi calle, mis recuerdos

 

Una noticia circula en las redes: 600 personas han quedado en la calle debido al derrumbe de un edificio en Centro Habana.

Para muchos será sólo una nota más del desastre habitacional cubano, un edificio más que suma sus ruinas a esa ciudad decadente, cuyos edificios siguen desplomándose con la misma cotidiana tozudez con la que se desploma la Revolución.

Para mí es distinto: viví allí durante varios años, en el quinto piso, en el apartamento 501, y al leer que se ha desplomado el séptimo y sexto piso, y que hay peligro de derrumbe total, el recuerdo me llega desde esos escombros que ahora mismo contemplan sin esperanza, estoy seguro, muchos de quienes vivieron allí y fueron mis vecinos.

Hace un tiempo escribí que, cuando llegué a Centro Habana, ya había vivido en el Cotorro, Luyanó, Arroyo Naranjo y el Vedado. Entré así a un universo raro, marginal, siempre abierto a la especulación, la bolsa negra, el bajo mundo y la nocturnidad podrida, como sigue siéndolo hoy, y como he querido recoger en varias de mis novelas que transcurren en esas calles. Leer el resto de esta entrada »

Los herederos de Mambrú

Publicado por Amir Valle | Publicado en De Literatura | Publicado el 10-01-2014

El artículo que a continuación reproduzco ha sido publicado en el número más reciente de la revista Voces, editada desde La Habana por un colectivo de artistas, escritores y periodistas independientes, con obras de autores de la isla y el exilio. Dicho número, el 20, puedes descargarse completamente aquí: Revista Voces No.20

 

revista-voces-no20En la canción infantil, Mambrú se va a la guerra[1] y hay muerte y hay dolor. En la realidad cubana, aplicada a los autores que nacieron en la época de auge de esa canción en América Latina (los años 60 y 70 del siglo XX), también hay quienes se van a la guerra, y hay muerte y hay dolor, circunstancias todavía más evidentes al tener lugar en un país marcado por una eterna guerra, etérea es cierto, pero tan perniciosa y letal como una conflagración verdadera: ese tira y encoge entre imperialismo e isla sitiada, esa perenne amenaza de ser invadidos por la nación más poderosa del universo y, lo que es todavía peor, esa cruz de ceniza de guerrero que los cubanos llevan a todas partes. Leer el resto de esta entrada »

Palabras por mi hijo Toni en sus 25 años

Publicado por Amir Valle | Publicado en Generales | Publicado el 27-12-2013

Toni Medina y Lior Valle

Toni Medina y Lior Valle

Mi hijo Toni hoy cumple 25 años y, obviamente, es para mí un día especial.

Era un niño de ocho años, flaquito y de cara achinada, cuando lo vi por primera vez en la azotea de su casa, un palo en la mano a modo de espada, jugando con otro vecinito, saltando ágilmente entre los tubos de agua del edificio, allá, en la calle Perseverancia, en Centro Habana, hundido en el mundo de sueños de su infancia. Acababa yo de conocer a su madre, sin que ninguno de los dos pensáramos entonces que eran los primeros días de una sólida unión de amor que dura hasta el presente. Leer el resto de esta entrada »

Santillana publica mi nueva novela histórica

Publicado por Amir Valle | Publicado en De Literatura | Publicado el 18-11-2013

hugo-spadafora-pma-amirvalle

LUEGO DE DOS AÑOS DE INVESTIGACIONES por toda Centroamérica y Estados Unidos, y de poco más de un año de escritura, la editorial Santillana en su sello Aguilar publica mi novela histórica o biografía novelada o novela biográfica (así la han llamado algunos especialistas que la han leído) Hugo Spadafora – Bajo la piel del hombre.

Para describir qué encontrarán los lectores en este libro, no puedo hacerlo mejor de lo que ya lo ha hecho el periodista y escritor cubano Carlos Alberto Montaner con estas palabras en la nota de contraportada: Leer el resto de esta entrada »