Desde un adiós tardío

Publicado por tonimedina | Publicado en Publicados anteriormente en amirvalle.com | Publicado el 12-06-2010

 

 

“Justo está grave, compadre… y sin esperanzas de que rebase”… así, con ese mensaje y una voz simplemente jodida, debería empezar esta historia.

 

I

O quizás podríamos arrancar antes. La Habana de 2005. Un septiembre sucio, como el reflejo sucio de toda la ciudad. Mi casa en el barrio de Los Sitios, con su calle siempre enmierdada, llena de gritos y negros y chinos y blancos y viejos, sentados en los quicios de las puertas, mirando pasar una vida desesperanzada, siempre bordeando la miseria. Y en mi casa, como un amigo fiel, del mismo modo en que toda vez se recibe a los amigos, tomando un café y haciendo chistes en total complicidad, el publicista Ángel Alonso y su esposa Irma y mi esposa Berta y yo, hacíamos planes de nuestro futuro encuentro en España, sin darnos cuenta de que lo hacíamos como si planificáramos un viaje al cosmos, sin dinero, sin nave, ni traje espacial.

Ángel Alonso emigraba a Gijón. Y de Gijón le hablé como siempre hablo de ese lugar de Asturias: con toda pasión, recuperando cada momento allí vivido, cada detalle del afecto con que me han recibido en todos estos años la gente simple del pueblo gijonés y esos locos extraordinarios que organizan la Semana Negra (Paco Ignacio Taibo II, Paloma, Justo Vasco, Cristina Macías…)

“Es mi hermano, mi padre, mi amigo”, le dije cuando llegó el momento de las recomendaciones, pues de pronto tuve a Justo Vasco delante, como un fantasma, y algo me hizo comprender que a veces tiene que venir otro amigo, o suceder algo imprevisto, que te abra de par en par ese cajón inmenso del cerebro donde guardamos los agradecimientos para quienes han sido importantes en nuestras vidas.

Continuaría esta historia cuando Ángel Alonso llegó con Irma a Gijón, cuando muchas de las promesas gubernamentales a los emigrados retornados no se cumplieron, y cuando tocaron a la puerta del piso donde vivían Justo Vasco, Cristina Macías y la hija adoptada, Laurita, “Terminator” para quienes la vimos crecer en Semana Negra, desde que Justo y Cristina decidieron sacar a la niña de su horrible vida en un orfanato en Haití.

“Esa gente nos acogieron como a una familia, compadre”, me dijo Ángel días después y comenzó a recitarme el rosario de gestos, regalos, cosas, atenciones, puertas abiertas, que marcaban ya su corta hermandad con Justo Vasco.

Por eso fue más duro saber por sus palabras la noticia: “Justo está grave, compadre… y sin esperanzas de que rebase”…

Y luego… lo peor: “murió Justo, compadre”, sin más palabras.

Otra vez la rabia me obligó a sentarme en el ordenador para regar la mala noticia entre los amigos, con la lejanísima esperanza de que apareciera una contestación: “¡comemierda!, ¿te has creído esas broma?”.

Y es que uno no se acostumbra a que en un mundo tan lleno de mierdas, de gente mierda, de intereses de mierda, personas como Justo Vasco tengan derecho a morirse. Ellos, con su vida, le demostraban a uno que valía la pena vivir, que si uno se empeñaba el planeta todo podía ser más limpio, más hermoso, más humano.

Hace dos años perdí a un hermano confesor, el narrador Guillermo Vidal; y de pronto se me iba el otro, Justo Vasco, a quien debo la mitad (o más) del reconocimiento que hoy tengo como escritor.

Como cristiano sé que Dios llama siempre antes a los buenos, a los que hacen con su vida un evangelio vivo, un ejemplo de humanismo, porque es tan misericordioso que les deja a los que tienen el alma enmierdada todo el tiempo para que se arrepientan de sus miserias y sus podredumbres y entren en el camino que EL les dio en el inicio de los tiempos.

Pero uno es humano y aunque crea que allá, a la diestra de Dios, Guillermo Vidal y Justo Vasco, siguen mirándonos, cuidándonos, duele mucho cuando la soledad llega tras la muerte de un amigo.

 

II

Como un flash back la historia se remonta al pasado. Veintiún años cargaba yo en mis costillas. Y era un animal flaco de grandes orejas que sólo sabía escribir, escribir; y soñaba sólo con escribir y escribir, y me había ido a La Habana desde Santiago, en contra del consejo de mi amiga y maestra Aida Bahr: “acá en Santiago serás siempre cabeza de león, y allá en La Habana serás cola de ratón”. El ego que tenía aquel muchacho flaco y guatacón le susurraba, como un diablito, allá en su cerebro: “no le hagas caso, Amir; en La Habana vas a ser la melena del león, lo más vistoso”.

Y en La Habana encontré a Justo Vasco. Y en 1988, días antes de las entregas del premio UNEAC en el cual yo concursaba, se acercó a decirme: “hace dos años te quitaron el premio UNEAC de testimonio porque decían que darte un premio tan importante a los 18 años te convertiría en un monstruo, te haría daño”. Y así había sido: en 1986, con mi libro de testimonio Tendremos la tierra (luego llamado En el nombre de Dios) obtuve la primera y única mención de ese concurso, que quedó desierto. Me contó Justo que en ese momento, otra vez, se manejaba despojarme del premio por similares razones. “Pero van a tener que pasar por encima de mis cojones, Amir”, me dijo, y que junto a Eduardo Heras León estaba intentando detener una maniobra tan sucia. “Creo que lo logramos, ya verás”.

Debo entonces, a Justo Vasco, ser el escritor de mi promoción que alcanzó por primera vez, junto a la poetisa Damaris Calderón, el siempre codiciado Premio UNEAC. Desde entonces, de algún modo, me convertí en una canita de la copiosa melena del león.

 

III

En 1999, desde la oficina de la editorial madrileña Lengua de Trapo, que me había invitado al Primer Congreso de Nuevos Narradores Hispánicos, el escritor Javier Azpeitía (Chavi) me dijo “hay un amigo que quiere hablarte”. Y era Justo Vasco.

“Mándame la novela que escribiste”, pidió, pues Chavi le había dicho que a Lengua de Trapo no le interesaba por ser novela negra.  Y a mi regreso a La Habana, por vía email, le mandé Si Cristo te desnuda, pues la anterior (Las puertas de la noche), que él me había pedido, acababa de firmarla con la editorial Malamba, donde salió publicada en el 2001.

Si Cristo te desnuda, publicada gracias a que Justo Vasco se la recomendó a la editora Nicole Cantó, de Zoela Ediciones, me convirtió, en apenas un año, en “una de las voces más interesantes del neopolicial latinoamericano” según se hizo circular a la prensa en la edición de la Semana Negra del año 2002. Nada de eso hubiera sido posible de modo tan rápido y efectivo si Justo Vasco no hubiera planteado dedicar esa Semana a la nueva novela negra cubana; si no me hubiera presentado a más de una veintena de importantes escritores que comenzaron a tener en cuenta mi nombre en sus países, escritos y eventos; si no me hubiera presentado a numerosos críticos españoles a los cuales llegó, incluso, a regalar mi novela sin que yo supiera que él se agenciaba algunos ejemplares para destinar a esos efectos.

En simples palabras, que mi actual presencia en el mercado del libro español le debe mucho al accionar de ese pícaro amigo que fue Justo Vasco, que jamás nos vio a los más jóvenes como una competencia para su obra, también negra, y se convirtió en nuestro patrocinador, invitándonos año tras año a la Semana Negra, sugiriendo nuestras obras a otros editores por él conocidos, consiguiéndonos espacios para que se promocionaran nuestras novelas, recomendando a estudiantes que se ocuparan de esas obras en sus tesis universitarias, entre muchas otras cosas. Y por supuesto que no puedo olvidar sus hermosas y magistrales jugadas económicas para que pudiéramos viajar a España, a pesar de los recortes de presupuesto que sufría cada año un evento que él sabía era importante para nosotros.

Justo y Cristina se convirtieron, por elección de ellos mismos y conformidad tácita de nosotros, en nuestros padrinos intelectuales en España. Y en mi caso, además, le debo dos cosas que para mi vida personal y profesional han sido vitales.

La primera, que gracias a todo lo que Justo (en total consonancia con la editora Nicole Cantó) hizo para que Si Cristo te desnuda sonara en España, y  debido a la resonancia, recibí la propuesta de ser representado internacionalmente por mi actual agente literario, Ray Güde Mertin, a cuyas gestiones debo que se hallan abierto muchas puertas para mi obra en otras lenguas y lugares. Como por arte de magia, cuando mi agente propuso mi obra al editor alemán Peter Faecke, de la editorial Köln, resultó que éste era amigo de Justo Vasco y al consultarlo recibió las mejores opiniones sobre la serie, publicada ya hasta su segundo título en alemán.

La segunda, que a partir de la muerte de mi hermano de fe y de vida (y ya dije, confesor) Guillermo Vidal, Justo Vasco se leía primero que nadie todas mis obras, las evaluaba, me daba sus consejos (personales, intelectuales y literarios), labor que compartió hasta su muerte con otro de mis hermanos, el escritor  y periodista Armando León Viera, que una vez me dijo: “si Justo es tan ético como cuentas, Amir, espero alguna vez poder conocerlo”.

 

IV y final

Terminaría la historia de ese modo: “murió Justo, compadre”, con la voz dolida, jodida, de Angelito Alonso.

Y días después: “hoy lo cremaron”, como convencido de que ésa era la prueba que todos necesitábamos para saber que estaba efectiva, realmente muerto.

Y es raro que suceda lo contrario: semanas después, cuando tuve el alma preparada para ir a visitar a mi queridísima Cristina en Gijón, me senté, sin darme cuenta, en el mismo sitio donde estuve la primera vez que Justo me llevó a su casa. Y Cristina hablaba de él como si estuviera en la habitación de al lado, siempre bromeando por ese “desgraciado imán que tengo para los cubanos, que ustedes son una plaga”. Y sentía a Justo allí, risueño, caminando con sus pasos torpes por toda la casa, o buscando unas cervezas para brindarnos, o con Laurita encima, como días antes de su muerte, en Navidad, cuando hablamos por teléfono y en medio de la conversación soltó: “esta cabrona se me ha meado encima”, con la alegría de ser, otra vez, un buen padre.

Salí de casa de Cristina convencido de que Justo es de esos hombres que nos encontraremos alguna vez aunque estén muertos; de esos hombres que andan a nuestro lado, invisibles, dándonos un codazo cuando metemos la pata, advirtiéndonos.

En mi caso, esa sensación está más reforzada. Cuando se me ha muerto algún amigo, algún colega (por suerte, pocos) y he logrado ver su cadáver, algo se rompe, algo terrenal me hace pensar que sí, que ha muerto, y mi credo y mi fe me hacen desearle el mejor de los sitios posibles: a la diestra de Dios.

Pero cuando muere un amigo, como ahora lo ha hecho Justo, y no puedo ver su cadáver, ese vínculo terrenal que debe ser el cuerpo, la imagen en carne y hueso de la persona, sigue tan viva en mí como la última vez que lo tuve delante.  Y porque cuando alguien se ha entregado tanto a sus semejantes, sin esperar nada a cambio, vive de mil maneras en los beneficiarios de su bondad y entrega, por más que La Parca crea habérselo llevado. Por eso sé que siempre que regrese a Gijón, en el hotel Chamartín de Madrid, en el tren negro que nos traslada a Gijón, en la cafetería del Hotel Don Manuel, montado en el trencito que nos lleva por todo el malecón a la Semana Negra, en el Cubanísimo,  o en cualquier esquina de la ciudad, puede aparecer acompañado de su inseparable Cristina, o Laurita, para decirme: “¿cómo va todo, compadre?”, siempre tan cubano, tan humano, tan Justo.

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