Hoy conversamos con: Amir Valle

Literaturacubana.com. Estados Unidos, 5 de abril de 2003

La Redacción

De viaje a Barcelona.

De viaje a Barcelona.

Usted es crítico literario y escritor, ¿cómo maneja esa dualidad de oficios? ¿ha sentido alguna vez conflicto de intereses entre lo que escribe y lo que critica?

Un escritor nunca es simplemente narrador, poeta, ensayista, etc. Soy de los que creen en el antiguo concepto de poeta, en el antiguo credo de que poesía es toda creación humana, cosa que yo simplifico a las letras. Un escritor es ese tipo de poeta; es decir, alguien que, de acuerdo a esas voces internas que dominan su mundo íntimo, va a escribir dentro de los cánones establecidos hoy para un género u otro. Por eso no veo dualidad en lo que hago. Claro, es cierto: mis amigos dicen que escribo mucho, que trabajo más de lo normal, y es cierto. Desde chiquito sentí la necesidad de estar haciendo algo siempre, y cuando descubrí el mundo de las letras, decidí hacerme periodista, hacerme escritor. Eso he hecho hasta hoy: escribir, escribir, escribir. Incluso poesía, que es el único género en el que no he querido publicar nada, aunque tenga escrito suficiente como para armar varios libros.

He intentado creer que puedo hacer ensayo y crítica literaria. Y digo que he intentado pues no poseo las herramientas que tienen, por ejemplo, quienes han estudiado Letras a nivel universitario. Soy un crítico empírico, casi autodidacta, aún cuando mi amistad con escritores como Aida Bahr, Eduardo Heras León, Reynaldo González, y con profesores universitarios y críticos como Salvador Redonet, Margarita Mateo, Diony Durán, por sólo citar algunos, hayan sido verdaderos cursos continuados de cómo enfrentar la crítica literaria.

Comencé tímidamente con un cuaderno de un solo ensayo, donde estudiaba la narrativa en Cienfuegos, ciudad adonde fui a cumplir mi servicio social como periodista. Luego, precisamente cuando descubrimos que algunos escritores de otras generaciones pretendían convertirnos en eternas promesas, decidí (y por suerte, otros de mi promoción también hicieron lo mismo) enfrentarme de lleno al género y publiqué Brevísimas demencias. La narrativa joven cubana de los 90, libro que terminó de convencer a la gente de que yo podía aportar al género. En ese par de años, mientras escribía ese libro que hoy, por suerte, se considera «el mapa histórico y bibliográfico de una generación», publiqué en revistas culturales más de una treintena de ensayos sobre el tema, algunos muy polémicos, y que despertaron furibundos ataques de mucha gente, pero que me hicieron sentir muy bien pues lograba lo que quería: despertar un interés en lo que estaba sucediendo. Los ataques los olvidé, y ya quedaron en el pasado.

Hoy se me considera eso que dices: crítico y ensayista, y aunque en realidad ser juez y parte puede traer conflictos de intereses, no ha sido así en mi caso.

 

Durante más de un año, usted editó un boletín sobre literatura cubana titulado «Letras en Cuba», ¿por qué lo suspendió?

No lo suspendí, lo suspendieron. Y pasó igual con un servicio de informaciones que intenté mantener y del cual apenas salieron dos números. Así de simple.

Siempre he sido un revistero frustrado. Y lo he sido, y creo que lo seguiré siendo, porque al menos hasta el momento es imposible pensar que en Cuba un intelectual, aunque tenga el prestigio que creo tener, pueda realizar un proyecto personal como éste de una revista. Algunos dirán, como dijeron cuando me suspendieron la revista, que podía incorporarme (precisamente por mi currículo) a cualquier publicación oficial hecha en la isla. Pero ése no es mi sueño. Quiero un proyecto personal en el cual deba asumir mis propios riesgos, sentar mis normas, decir libremente mis credos. No estoy dispuesto a un proyecto de revista estatal porque no me interesa asumir riesgos ajenos, normas ajenas, y mucho menos, credos ajenos. He defendido siempre mi derecho a la libertad de pensar y de escribir, y pruebas tengo, de sobras, de que trabajar en publicaciones oficiales culturales imponen normas rígidas que no me interesa asumir para realizar mi trabajo como intelectual.

Letras en Cuba puso en circulación 30 números sobre literatura cubana en cualquier lugar del mundo donde se hiciera, en momentos en que en la isla no existía el desarrollo de promoción en Internet que hoy existe. Yo la envié durante dos años a más de seis mil suscriptores en todo el mundo. Y te aclaro que se trataba de personas especializadas en las letras cubanas, es decir, en un público activo que siempre leyó esos boletines con muchísimo interés. Había escritores, periodistas, profesores universitarios, estudiantes de literatura cubana. Cuando comuniqué que se cerraba el boletín, recibí tantos mensajes de apoyo que mi impotencia por el cierre de mi proyecto disminuyó casi hasta desaparecer.

En Cuba esa labor semanal que yo realizaba con mi boletín era menospreciada, porque pensaban (y esto lo sé de buena tinta) que mi boletín no llegaba a muchos lugares. Pero a raíz de un ataque personal que me dirigiera la colega y hoy amiga Belkis Cuza Malé, y luego de una carta en la que yo dejaba clara mi posición de permanecer en Cuba, mis criterios sobre el actual gobierno, y las razones que hacían de Letras en Cuba un proyecto personal, y no un proyecto estatal, como suponía Belkis, me llamaron al Ministerio de Cultura y me comunicaron que yo no podía tener un boletín así como así, por mi cuenta. Me propusieron asumir la dirección de una revista electrónica: hoy conocida como La isla en peso, y acepté, aunque apenas dos semanas después, y cuando sólo estaba armado el primer número, renuncié porque no tenía las libertades que yo mismo le pedí al Ministro como condición para asumir ese proyecto. Ingenuamente llegué a pensar que un órgano de la UNEAC podía tener toda la independencia que yo soñaba para mi proyecto.

Precisamente por recibir semanalmente más de cien mensajes desde el exterior preguntando sobre nuestras letras, decidí hacer un servicio personal en cápsulas mediante el cual respondiera a esas preguntas. Se llamó A título personal, y la estructura era bien sencilla: si tú me preguntabas sobre Motivos de Son, y otro me preguntaba sobre la poesía de Guillén, yo les enviaba un mensaje a ustedes dos respondiendo ambas preguntas, y ese mismo mensaje se los enviaba también a quienes me preguntaban sobre poesía cubana.

La reacción fue más dura: me cortaron el servicio de correo electrónico y solamente luego de conversaciones (otra vez en el Ministerio de Cultura) conseguí que me restablecieran el servicio.

Ahora estoy haciendo realidad mis sueños. Dirijo una revista literaria que deberá aparecer este año, financiada por la Editorial Plaza Mayor de Puerto Rico, que dirige Patricia Gutiérrez-Menoyo. Se llama Cara y Cruz, y su libertad está garantizada bajo el mismo espíritu de la Colección Cultura Cubana, de esta editorial, que ya ha publicado 19 títulos de autores cubanos residentes en cualquier lado del mundo sin importar credos políticos ni de otra índole. Sé que dará mucho que hablar.

 

¿Alguna vez ha percibido que mientras escribe necesita detenerse para ajustar su obra a determinadas circunstancias ajenas a la literatura?

Nunca. Escribo de lo que me da la gana, aún cuando sepa que lo que estoy escribiendo pueda no ser conveniente para algunos, e incluso cuando esté convencido de que es un texto que podrá permanecer engavetado un buen tiempo. Soy escritor porque necesito escribir, y escribo de los temas que más me preocupan, muchos de ellos vinculados directamente a la realidad social de mi país, pero jamás me detengo a pensar en otra cosa que no sea el mejor modo de escribir lo que quiero. Eso hace que varios de mis libros no se hayan publicado en Cuba, o circulen clandestinamente de mano en mano en fotocopias de mis originales, o que circulen en el extranjero y esos libros luego la gente los traiga a Cuba. Lloré como un bobo hace un par de meses cuando un amigo vino a traerme una copia de mi libro Habana Babilonia o Prostitutas en Cuba, que alguien había fotocopiado de un original hecho en computadora que yo llevé a Las Tunas hace un año. Los que iban leyendo, lo firmaban en los espacios en blanco y el libro estaba lleno de firmas y con las hojas gastadas de tanto manoseo. Conté 325 firmas. Lo guardo en mi egoteca como una joyita.

 

¿Qué opina de los premios literarios?

Son una porquería y cada vez están más corrompidos. Ésa es la verdad. Pero debo reconocer que, en Cuba, por ejemplo, es casi imposible darse a conocer si no es con un premio importante. No sé en otros países, pero en Cuba, donde hay tantos escritores de verdad y tantos que se dicen escritores sin haber escrito una línea que valga la pena, es un modo de dar el salto. Pero quien crea que por un premio ha llegado a la fama está bien jodido. Claro, también da un dinero y eso ayuda mucho, especialmente si uno tiene en cuenta que la literatura es el oficio peor pagado del mundo.

 

¿Cómo afectó su naciente carrera para aquel entonces, el hecho de haber ganado en 1986, a los 19 años, el Premio Nacional de Cuento «13 de Marzo»?

Muchísimo. Y por eso soy de los que piensan que los premios tan tempranos suelen hacer daño, en vez de ayudar a los que se inician. De pronto creí que había llegado, porque hay que decir algo: en aquella época, ese premio, el 13 de Marzo, era uno de los más prestigiosos del país, y siempre lo ganaban buenos escritores de muchísima más edad. Como todo escritor, mi ego anda por las nubes, y esa vez casi llega a Marte. No podía escribir. Me sentaba y creía que debía escribir Cien años de soledado La montaña mágica, y por mi edad no podía comprender que lo más lógico era que hubiera seguido escribiendo lo que yo escribía. Ese mismo año gané la primera mención en el Premio David de la UNEAC, y el hecho de no haber ganado el premio me hizo pensar que andaba mal. Dejé de escribir y me dediqué al periodismo. Debo precisar, a lo que yo creía como periodismo. Hice un libro de testimonios a partir de entrevistas a estudiantes palestinos sobrevivientes de Sabra y Chatila, y gané el UNEAC en el 1988, a los 21 años. Eso me devolvió los ánimos.

 

¿Ya había pensado que se dedicaría a la literatura como profesión? ¿En que momento de su vida lo decidió?

De niño lo supe. Y lo supe por esa fascinación especial que despertaban en mí las lecturas, los libros. Mis padres eran maestros, de los de antes, de esos que sabían de todo, y aprendí a leer a los tres años. Desde entonces, mi mundo infantil estuvo a caballo entre los juegos en un pueblito de campo en Holguín, que se llama Maceo, y esas lecturas que mis padres me garantizaron con una biblioteca que recuerdo con mucho amor.

Lo supe, aunque de modo inconsciente, cuando terminé de leer Las aventuras de Tom Sawyer y sentí que aquel libro no debía terminar allí. Entonces, con una letra horrible y enorme, llené una libreta con la historia que yo hubiera querido leer, que le faltaba a aquel libro. Mi madre conserva esa libreta y solamente una vez me la enseñó pues sabe que si cae en mis manos no dejaré trazos de que alguna vez la escribí. Es una vergüenza.

Años después, en una carta de Eduardo Heras León y en una conversación con otro de mis maestros, el viejo José Soler Puig, descubrí que éste, el de las letras, era el camino que yo debía tomar, con toda responsabilidad y seriedad.

 

¿Considera que la literatura cubana debería ser estudiada separándola del resto de la literatura latinoamericana? ¿Por qué?

Es casi para una tesis tu pregunta. Yo creo que no. Y he tratado de demostrar que Cuba es parte de un mismo entorno literario en más de una docena de mis últimos escritos publicados en Cuba y revistas en el exterior. Sin chovinismos, la literatura cubana ha sido siempre muy buena; y con mucho menos chovinismo hay que decir que también lo han sido las literaturas mexicana, argentina, uruguaya, colombiana. Es un proceso de análisis que nunca será bien estudiado si no se extiende a la lengua española, a los procesos histórico-culturales que marcan el desarrollo de la creación en idioma español. Pongo dos simples ejemplos: es imposible entender el boom latinoamericano quitando los aportes a ese fenómeno de la literatura cubana y sin el impacto promocional que significó la triunfante Revolución Cubana y el papel de la Casa de las Américas; y más recientemente, es imposible entender la llamada Nueva Narrativa Latinoamericana (con autores como Edmundo Paz Soldán, Jorge Volpi, Santiago Gamboa, Rodrigo Fresán, Alberto Fuguet, y muchísimos otros) si quitas del medio a los grandes aportes de la narrativa cubana de los 90 a la narrativa de la lengua, aún cuando los cubanos tengamos menos acceso a las grandes editoriales y a la promoción internacional que los escritores de esta misma promoción en otros países.

 

¿Qué dificultades encuentra al escribir dentro de Cuba? ¿Cuáles ventajas?

En Cuba escribo feliz y con pocas dificultades. Sé que para otros es bien difícil, pero gracias a Dios, pues soy cristiano, he logrado crearme las mínimas condiciones para poder escribir: una computadora de última generación, cierta independencia que mi esposa se encarga de mantener para que yo pueda crear, aunque vivimos en un apartamento de un solo cuarto y una sala con mis dos hijos, y una cierta solvencia económica gracias a mi trabajo como Coordinador General de la Editorial Plaza Mayor de Puerto Rico, a la venta de mis libros en el exterior (que no es mucho pero da para vivir) y a mis escritos para una docena de revistas culturales en Argentina, México, Colombia, Costa Rica, Ecuador, España, Alemania, Suecia, Francia, Dinamarca, Puerto Rico, la República Dominicana y los Estados Unidos.

La ventaja es el tiempo. Conozco a casi todos los escritores de mi promoción en Latinoamérica y siempre se quejan del tiempo, pues tienen que buscarse la vida de modos bien diversos. Yo tengo todo el tiempo del mundo y siempre ando en terrenos de la literatura y los libros, y eso ayuda.

 

¿Cuál es su opinión ante el juicio que se le sigue a los disidentes opositores recientemente detenidos en Cuba?

Cualquier intelectual que se respete tiene, por principios, que estar en contra de toda represión contra la idea, sea cual sea la ideología de esa idea. Creo que la humanidad ha podido comprobar la necesidad que tenemos del diálogo, la confrontación de criterios, la discusión y la polémica. Por otro lado, estoy en contra de cualquier tipo de violencia contra el ser humano. Por desgracia, uno de los peores defectos que he visto a la sociedad en la que vivo es la intolerancia al pensamiento ajeno, si es contrario. Hemos asumido que nuestra verdad ha de ser la única, que nuestros modelos han de ser los únicos y los mejores, que nuestros métodos han de ser incorruptibles, y en momentos de tensión ideológica, como los que estamos viviendo, solemos caer en los abismales extremos de una intolerancia ciega, llegando a considerar enemigos a quienes difieran de nuestra verdad, de nuestros modelos, de nuestros métodos. Es un error que va acumulando nuevos errores. Aunque considere que la política es una mierda en cualquiera de los bandos que existan, no puedo estar de acuerdo con estas detenciones ni con ninguna otra coartación de las libertades expresadas en la declaración Universales de los Derechos Humanos y en nuestra propia Constitución, por mi condición de escritor, de periodista y de ser humano que ama a su país y que ha elegido vivir en él.

 

Descríbanos un poco el proceso de investigación que usted realiza antes de escribir.

Depende del libro que vaya a escribir. Generalmente, los cuentos salen luego de un parto mental que puede durar meses. Con las novelas es distinto. Soy de los que intentan leer todo sobre el tema que va escribir, aunque después eso sea un párrafo en la novela. Te pongo un ejemplo: llevo dos años escribiendo una novela: Las sombras y la piel, sobre la vida de un personaje histórico real, Juan Garrido, que fue el único conquistador negro que vino a Las Américas con ese rango, fue amigo de Hernán Cortés, ayudó en la pacificación de Cuba, en la conquista de México, fue el que sembró el primer trigo en las Américas… en fin, todo un personaje de novela. Llevo leídas más de treinta novelas sobre el tema de la conquista y consultado cerca de diez libros de historia, visto grabados sobre esa época, documentos históricos con la ayuda de amigos como Ricardo Alegría, el historiador de Puerto Rico que fue quien me dijo que Juan Garrido tenía materia para novelar. Y he escrito apenas unas ochenta cuartillas de una novela que llegará a las 500.

En un modo simple: me cae el tema, busco lo que haya sobre ese tema, pregunto, lo convierto en mi obsesión de conversaciones con gente instruida, y luego me siento a escribir, en casos como éste, a partir de una organización previa de toda la información.

Otro ejemplo: para el libro sobre la prostitución en Cuba estuve cinco años investigando. Pude hacerlo porque trabajaba en un medio, el turismo, donde la prostitución era cada vez más normal. Y en ese tiempo entrevisté (y te doy datos exactos que estoy sacando ahora mismo de mis apuntes) a 211 prostitutas, 72 proxenetas, 24 trabajadores del mercado negro dirigido al turismo, 15 dueños o dueñas de casas de prostitutas, 14 gerentes, 8 abogados especializados en el tema; y logré colarme por diversas vías en los archivos de Estudios de la Población, Estudios de la Mujer y Centro de Atención a la Juventud, de distintas instituciones cubanas, así como consulté materiales históricos sobre la prostitución en el Archivo Histórico, y otras instituciones educaciones. El libro tiene 386 cuartillas y puedo jurar que quité muchas cosas para que pudiera hacerse creíble. Todavía tengo información para escribir dos libros más sobre el tema, y de hecho ya hay uno escrito: La carne y el pecado. La prostitución homosexual en Cuba.

 

¿Qué necesita para escribir?

No tenía vicios, excepto masticar arroz crudo o ir royendo las varillas del spaghetti crudo mientras estaba escribiendo. Eso hasta que comenzó a hacerme daño en el estómago. Simplemente escribía en silencio, de mañana, entre las nueve y la una de la tarde. Últimamente, me he acostumbrado a escribir con el cuarto perfumado con incienso. Si se puede llamar vicio, siempre que me siento a la máquina, le pido a Dios que me dicte las palabras que voy a escribir.

 

¿Considera que ha alcanzado el éxito como escritor?

No, en lo absoluto. No puedo negar que mis libros se leen, que se agotan, que recibo muchas pruebas de que a la gente le gusta lo que escribo. Y últimamente he comprobado con sorpresa que también fuera del país mis libros tienen lectores. Pero eso no significa nada. Es hermoso saber que hay quienes te leen, saber que hay gente que se pone a pensar con las historias que inventas. Pero aspiro a más. Creo que el éxito de un escritor está en escribir algo que la gente recuerde siempre. ¿Cuántas generaciones en el mundo han leído, conocen, recuerdan y siguen leyendo o viendo con ilusión Romeo y Julieta? Ése es para mí el éxito en literatura.

 

¿Qué lo inspiraba al comienzo de su carrera y qué lo inspira ahora?

En aquellos tiempos soñaba con la fama, con que mi nombre no se perdiera entre millones de nombres que se perderán en un archivo comido de polillas en el Registro de Defunciones del lugar del mundo donde me toque morir. Hoy es distinto. Un día descubrí que la literatura no es eso, que el deseo de trascender no hace a un escritor y que lo importante es quedar conforme con lo que uno hace o escribe. Eso me inspira hoy: calmar mi necesidad de expresarme y hacerlo del mejor modo y con todo el talento que Dios me dio. Saber que lo que hice está hecho con todas mis fuerzas, con toda mi rabia y mi amor, y con todo mi talento. Si perduran o no, es cosa que dejo al futuro y a Dios.

 

Si quisiera ser recordado por sólo una de sus obras, ¿cuál sería? ¿Por qué?

No creo aún haber escrito algo que valga tanto como para ser recordado. Yo recuerdo siempre con mucho cariño mi primer libro: Tiempo en cueros, por toda la inocencia y la ingenuidad con la que lo escribí. Y sé que, cuando se publique, la gente recordará mucho Habana Babilonia o Prostitutas en Cuba, es un libro que ha puesto a pensar, a reflexionar, y que ha hecho que muchísima gente se preocupe por algo que estaba ahí y nadie veía porque la visión oficial no lo permitía o lo ninguneaba.

 

Si tuviese que nombrar sólo cinco libros y/o autores que hayan permeado su obra, ¿a quiénes/cuáles elegiría y por qué?

Tengo libros que me han marcado y prefiero mencionar esos:

Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain. Porque allí descubrí que la inocencia es un arma genial para el escritor.

Rayuela, de Julio Cortázar. Porque me enseñó la importancia de crear mundos donde los sueños y el existencialismo sean piedras de toque para construir los personajes de modo que sean eternos.

El pan dormido, de José Soler Puig. Porque me abrió las puertas a un universo mágico: el mundo de la palabra, del juego con la palabra, con la musicalidad de la palabra para construir las historias.

La tierrita de Dios, de Erskine Caldwell. Porque me mostró que la crudeza del texto, la rabia de la palabra escrita, la sequedad en la narración, son también armas eficaces para un narrador.

La Biblia, la palabra de Dios. Porque me enseñó que el escritor debe buscar crear mundos. Es un libro tan perfecto que allí están todas las técnicas, todos los temas, todas las preguntas y las respuestas que el ser humano necesita.

 

¿Qué está leyendo actualmente?

Descubrí en una librería de Gijón, adonde asistí el año pasado invitado a la Semana Negra, un libro supuestamente escrito por un monje benedictino hace cuatrocientos años, donde se habla de las profecías, las artimañas del maligno y el fin de mundo. Se llama El libro de las sombras, y es increíble saber cómo desde entonces el mal anunciaba lo que hoy sucede al mundo.

Es una lectura que iré llevando junto a una novela que me parece fascinante, entre las mejores escritas en toda la historia de nuestras letras: Mujer en traje de batalla, de ese maestro que es Antonio Benítez Rojo. He leído apenas unos fragmentos y me han bastado para saber que estoy frente a una obra monumental, pero en breve la tendré y será una lectura priorizada.

 

¿Cuál es el consejo más valioso que ha recibido durante su carrera como escritor? ¿Qué consejos le daría usted a los nuevos escritores?

«Escribe TU verdad, no la del otro, ni la que conviene, ni la que esté de moda, y escríbelo del modo que más natural te resulte, no del modo de quien ha tenido éxito, ni del modo establecido por el canon, ni del que esté de moda». Eso me escribió en una carta del 12 de junio de 1987 uno de los grandes escritores que ha tenido mi país, y alguien que durante su estancia en Cuba fue uno de mis maestros, Jesús Díaz.

Y aunque los consejos me parecen una cosa absurda, pues cada quien actúa como es y no por consejos de nadie, creo que todo escritor debe recordar siempre que su obra es la construcción de un mundo, y que para poder crear un mundo que viva por sí mismo hay que conocer el mundo real, el mundo en que se vive, y observar, sin perderlos, cada uno de los detalles que conforman la vida de ese mundo real. En simples palabras: un escritor debe ser primero que todo, un gran observador.

Lo segundo, y es algo que falta a la literatura en muchas partes del mundo, es que el escritor debe ser un gran analista, y para serlo debe beber en las fuentes del conocimiento universal, en el resultado de siglos y siglos de desarrollo de la inteligencia humana. Las grandes obras que hoy se siguen imponiendo como cánones del género, dan fe de que sus autores supieron analizar bien cada uno de los detalles, de los sucesos, de las condiciones en que sus personajes se movían. Mientras más sepa de filosofía, de historia, de política (en el amplio sentido de la palabra); mientras más lecturas posea y más conocimientos tenga el escritor, más fácil dará vida a su mundo y más aliento vital propio (es decir, más fuerza e inmortalidad) tomará ese mundo que debe latir del mismo modo en que late el mundo real.

Lo tercero es que el escritor ha de ser la persona más tozuda e inconforme del universo. Mientras más lo sea, mejores resultados obtendrá. Pero la tozudez y su inconformidad deben ser llaves que se contrapongan y detengan la complacencia y la conformidad natural que sobreviene al creador cuando ha escrito algo. Como diría Faulkner, la fórmula es trabajar, trabajar, trabajar. Recordar que toda obra humana es imperfecta, que se trabaja con la palabra y la palabra es díscola, saltarina, traviesa, amiga de jugar malas pasadas a quien no la sabe coger por las riendas. En ese momento, como me dijo una vez el viejo Soler, es muy útil: «tener una decena de lápices para escribir y una caja de plumones de colores para tachar». El respeto por la obra terminada es algo que le falta hoy a la inmensa mayoría de las obras que se escriben en Cuba y en todo el mundo.

 

¿Cómo cree que la Internet ha influenciado y puede influenciar a la literatura?

Salvo en los temas, en la adquisición de formas que cambian los formatos de la visualidad del texto (tipografías, uso de las imágenes, utilización de la performática virtual), y en el poderoso mecanismo de promoción, sigo viendo a la literatura con los mismos valores que tenía antes de que existiera la Internet. Y pienso igual que Bill Gates. En una de sus entrevistas, luego de responder a una pregunta donde imaginaba un mundo perfecto para el hombre del futuro, absolutamente dominado por el desarrollo tecnológico de la computación, recuerdo que respondió de un modo genial a otra de las preguntas del periodista. La pregunta era: ¿Qué desearía para sus hijos en un mundo como ése que describe usted? Su respuesta fue simple, rotunda: que tengan un buen libro para leer.

 

Sus novelas Si Cristo te desnuda y Muchacha azul bajo la lluvia han sido publicadas en formato e-books, ¿cómo ha sido la aceptación del público ante esa iniciativa? ¿Ha sido una experiencia positiva?

Si hago caso de los e-mails recibidos de gente en todo el mundo que la ha leído desde que se publicó en Novalibro, debo decir que sí, que es genial el libro en formato electrónico y que la experiencia es positiva. Claro, no puedo dejar a un lado que Si Cristo te desnuda fue uno de los libros más elogiados por la crítica española el año pasado, y eso ayudó mucho. En fin, que un error de quienes asumen el formato electrónico para libros ha sido hasta hoy dejar a la casualidad de la circulación en Internet la promoción del libro. Es un mecanismo que debe engrasarse muy bien si se quiere que funcione, más allá del interés que por sí pueda tener el tema.

 

¿Cómo puede contribuir un sitio como literaturacubana.com al desarrollo de la literatura cubana?

Creo absolutamente en Literaturacubana.com. Y lo creo porque hasta hoy he visto algo que le falta a los sitios de literatura y cultura cubana hechos desde la isla: el respeto a la opinión ajena, la ética del diálogo con el otro. Algo se ha ganado en Cuba en los últimos años en ese sentido, pero se sigue padeciendo de una crónica enfermedad: entender que toda la verdad está de un lado. Y la simple lógica ha demostrado que eso no es cierto. La verdad está en todas partes. Los escritores cubanos necesitamos un espacio como éste, pero, y soy absolutamente sincero, será más eficaz mientras más libres sean, mientras logren demostrar que la cultura cubana une a los cubanos, sea cual sea su criterio o credo estético, político o religioso. Si en este sitio se mantiene el respeto por la opinión discordante, la voluntad de diálogo, el espíritu de la polémica enriquecedora; y mientras le abra las puertas a todos por igual, valorando simplemente su condición de escritores de calidad, casi puedo jurar que Literaturacubana.com ganará muchos espacios que los espacios de Cuba no han ganado en toda medida, por falta de esa tolerancia y esa madurez política e intelectual.

 

¿Qué nuevos proyectos nos trae Amir Valle?

Actualmente estoy dando los toques finales a una novela donde la historia de Cuba de los últimos cuarenta años es narrada por el protagonista, que casualmente está en el estrado de los que deciden qué historia es conveniente, es decir, en el estrado de los vencedores, de quienes escriben la historia, pero narrada según las versiones que el pueblo tiene de esa historia. No es la historia de Cuba de los libros, es la otra, la que circula en la calle. Ha sido un trabajo duro, de casi tres años, que he ido compartiendo, de época en época, con la novela de Juan Garrido, el conquistador español, que pienso terminar este año.

He preparado antologías que deben salir a fines de este año: una con los mejores escritores latinoamericanos de mi promoción, que se llama Inocencias prohibidas; y la otra sobre las escritoras cubanas en el exilio, que se llama Caminos de Eva: más allá del mar, cuya primera parte ya fue publicada por la editorial Plaza Mayor y que se llamó Caminos de Eva: Voces desde la isla.

Voy reuniendo un grupo de ensayos sobre las novelas de escritores cubanos que hicieron época en los noventa, ya pactado con una editorial cubana, y espero que pronto salgan en España mis dos últimas novelas de tema negro: El nombre maldito de Dios y La montaña del Diablo.

En suma, que estoy haciendo lo de siempre: escribir, escribir y escribir. No sé hacer otra cosa.