Mi nombre es Polvo: Tatuajes de la condición humana
Publicado por Amir Valle | Publicado en De Literatura | Publicado el 10-08-2025
***
Palabras de presentación
CUBAOCHO Museum & Performing Arts Center
Miami, 21 de junio de 2025
Por Sindo Pacheco
Un genio esquizofrénico, émulo de Ted Bundy, de Jack el Destripador, de Peter Kürte o de los más afamados criminales que han pasado por el mundo, es el narrador de esta novela de Amir Valle. Desarrolla su inventario de horrores tratando de apresar lo inapresable, de encontrar respuesta a las preguntas más trascendentes que se ha hecho el género humano a través de los tiempos: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿hacia dónde voy?
Acompañado por su harinoso ángel, una especie de alter ego, al que casi siempre cuestiona, increpa, ofende o irreverenta, este sujeto puede pasar de la sabiduría más acertada hasta el cinismo más espeluznante.
Su lectura nos hace aprehender que el interior del ser humano actual, ese pantano nebuloso —bajas pasiones, vicios, avaricias, maldad, egoísmo— en lo único que se diferencia del que poseía el hombre de las cavernas es en su capacidad, exponencialmente superior, de hacer daño a los demás.
¿Usaba el asesino a sus víctimas solo para saciar su sexo, su locura, su ego de genio universal de la pintura o del tatuaje…? ¿O acaso también con tal de escuchar sus confesiones y reelaborarlas a su manera, tamizándolas con su deseo irrefrenable de contar, de alimentar su vanidad?
Habría que preguntarle a su “harinoso angelote”, o tal vez a Fray Syles, o escuchar su voz, grabada con la sonoridad metálica de los reproductores.
El punto de vista narrativo de Mi nombre es Polvo se mueve en una especie de ahora que va flotando junto con la trama, con cortos adelantamientos temporales para influirle dinamismo e intensidad al momento; pero sin perder las peripecias de cada una de sus víctimas. El narrador toma prestado el relato de sí mismas —el que ellas supuestamente le refieren—, para luego tamizarlo con el ampuloso poder de sus palabras.
Sin embargo, no hay que dejarse engañar; algunas veces ese punto de vista se desplaza hacia el futuro, hasta una lejanía que solo se conoce al final de la historia y donde el narrador está situado de veras. Únicamente desde allí, desde ese doloroso lugar privilegiado, es que puede proyectar su erudita manera de contar: lo sabe todo de antemano, y eso justifica que consiga aderezar con ello los momentos más cruciales de la historia. Porque es ese, el lenguaje, uno de sus protagonistas principales. Una expresión meticulosa que colinda con el barroco, y del cual el lector no puede desprenderse. Veleidosa armazón de palabras que pudieran aturdir a un descifrador incipiente, pero que, a medida que la trama avanza, lo sumerge en una danza melódica, en un baile filosófico, científico, sexual, metafórico, acerca de la condición humana.
¿Fragmento de esa prosa?:
Tatuaba sin pensar. Convertido en autómata. Marioneta guiada por esos hilos secretos que tejían las palabras del alma y me obligaban a pinchar sobre la piel, descubriendo paisajes ocultos que —y esto jamás lo podrá entender ningún ángel— me permitían transportarme a mundos recónditos, ámbitos vírgenes, escenarios siniestramente tétricos o cautivadoramente edénicos. La muerte no contaba, no existía siquiera. Importaba el lienzo de la piel, los retos de sus ondulaciones, el espacio a conquistar con el color y las imágenes. Los descubrimientos. El asombro. El estupor. La sorpresa. El susto perenne ante cada cuerpo desnudo (páginas 238-239).
Se sabe que el autor nunca es el narrador de una novela; sino un ente, un intermediario posicionado entre el autor y los personajes. A veces ocurre que uno de los personajes es el propio narrador.
También se sabe que un autor puede disponer de varios narradores, aunque alguno de ellos pueda contar más de una historia. Pues bien, este nuevo narrador de Amir Valle lo ha puesto de verdad a trabajar. Cuánta investigación tuvo que realizar a medida que transcurría la escritura. Cuántos monasterios, bibliotecas, archivos, anaqueles tuvo que recorrer para actualizarse en cuanto a ciencia, religión, filosofía, historia, teología, pintura, humanidades, metafísica…, y llegar a comprender a este sujeto desquiciado, diametralmente subvertido, y poderlo mostrar ante nosotros con esta enciclopédica catedral del horror. Tanta era su maldad —la del cínico narrador—, que no perdonó ni a su propio autor.
Así como don Quijote superó a Cervantes, este narrador elegido por Amir Valle o viceversa, nunca se sabe— también supera a su autor.
Y tal como imagino a Miguel de Cervantes, deslumbrado con aquel caballero de la triste figura, con sus andanzas y desafueros deshaciendo entuertos, retorcido de la risa por sus exabruptos, y sin comprender adónde diablos pretendía llevarlo Alonzo Quijano, así también puedo imaginarme cuánto habrá sufrido Amir, cuánto dolor habrá experimentado siguiendo las pautas de este endemoniado y creído narrador.
Cuánta desgarradura, cuánto sufrimiento al transcribir en el papel tanto cinismo, crueldad, desfachatez, conocimiento, sinceridad, mordacidad, sangre fría. Cuánta lágrima vertida. Porque el autor, aunque sea una víctima también de su propio personaje, como es el caso, siempre siempre, por encima de todas las cosas, lo va a amar hasta el delirio.
Si buscara una palabra para definir esta metáfora de la vida, del tiempo actual y de las miserias humanas, diría que Mi nombre es Polvo es, sencillamente, rotunda. Gracias, querido Amir, por esta obra, situada ya, por derecho propio, en el canon de la literatura cubana, latinoamericana y un poco más allá.



