Mi nombre es polvo, una fascinante novela de Amir Valle

Publicado por Amir Valle | Publicado en De Literatura | Publicado el 11-09-2025

Con el escritor e historiador Gabriel Cartaya, en Tampa, Junio de 2025.

Con el escritor e historiador Gabriel Cartaya, en Tampa, Junio de 2025.

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Por Gabriel Cartaya

Enmendar el mal que hay en el mundo es la mejor tarea que le asigna Cervantes al Quijote, cuando escribía una obra que, sin saberlo, abriría las puertas a la novela moderna y que, tantos siglos después, sigue siendo un paradigma narrativo. ¿Por qué aludo al libro más citado en nuestro idioma para unas notas sobre Mi nombre es polvo, la novela que recientemente el escritor cubano Amir Valle ha puesto en nuestros ojos? Seguramente, porque en muchas de sus páginas encontré una cruda disección de la sociedad en que vivimos. Inmerso en ella, el tatuador de Amir no se propone “desfacer agravios” o “enderezar entuertos” como El Quijote, pero, desde la mente también perturbada que le otorga el autor, los devela a través de un señalamiento en que el incesto, la depravación sexual e incluso el crimen, se ocultan detrás de una supuesta pasión artística que se ejerce ante la confabulación de ángel y humano, poniendo en evidencia -juzgando- estructuras sacras y profanas de la sociedad.

Ya muchos han comentado acerca de su riqueza. “Una obra mayor (…) que muestra la absoluta e indiscutible madurez literaria de este escritor fundamental en las letras cubanas”, anotó el escritor alemán Peter Faecke. En una “una universalidad lingüística que muestra la maestría de un narrador” se fijó Manuel Vázquez Portal, tan buen poeta como narrador.

Otros, reconocidos los valores literarios de esta apasionante novela, se han asomado a la severa crítica a la sociedad inmersa en esas páginas, al presentar actitudes humanas de una depravación llevada hasta la hipérbole, según el crítico y narrador Fernández Pequeño, quien se pregunta: ¿No es posible encontrar diáfanas semejanzas entre el carácter desquiciado que Amir teje en su novela y lo que vemos por todas partes? ¿Qué diferencia hay, a fin de cuentas, entre la actitud del personaje y la de esas hordas dopadas por las causas ideológicas extremas o por la voz de un líder mesiánico, que arremeten contra sus semejantes como si estos carecieran de dignidad humana o como si sentir piedad ante el dolor ajeno fuera una debilidad inaceptable?

Es lo mismo que llama la atención al escritor Sindo Pacheco: “Su lectura nos hace aprehender que el interior del ser humano actual, ese pantano nebuloso —bajas pasiones, vicios, avaricias, maldad, egoísmo— en lo único que se diferencia del que poseía el hombre de las cavernas es en su capacidad, exponencialmente superior, de hacer daño a los demás”.

Es natural que el protagonista de la novela –el tatuador perturbado mentalmente– despierte esa aversión. Desde sus ancestros, está marcado con un sello diablesco, aun cuando un ángel le acompañe. En esa antítesis, cielo-infierno, se imantan las bajas pasiones que afloran en el tatuador, en las mujeres que finalmente mueren asesinadas bajo su aguja enfermizamente sexualizada y en escalas de la sociedad en que la corrupción, el poder, la riqueza, la envidia y la arrogancia ejercen una devastadora primacía.

Al destapar esas conductas en medio de disquisiciones filosóficas, ideológicas, religiosas o de diversos campos teóricos, aún hiperbolizadas, el autor llama la atención hacia una corriente tenebrosa del comportamiento humano que, al sacarlo a la superficie, se hace extirpable. El tatuador desaparece y aunque vuelve al polvo –en las novelas de Amir no hay finales felices– hay un mensaje al mejoramiento humano: Osiris, la última mujer, es superior a las víctimas precedentes; en el fondo del túnel hacia la muerte hay una luz.

La sociedad que describió Cervantes también era corrupta. “Agora ya triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el vicio de la virtud” dice El Quijote, también con una mente trastornada. En cierto momento, Jorge Luis Borges comentó que se puede escribir otra vez el Quijote con las mismas palabras que utilizó Cervantes, pero dándoles el significado que esas palabras tienen en la actualidad.

De alguna manera, Amir lo muestra en Mi nombre es polvo: desnudar vicios incorporados desde los individuos a la sociedad en que vivimos, o de la sociedad hacia los individuos, lo que explica que, a tantos milenos de civilización humana, las noticias de cada día estén repletas de crímenes, violaciones, abusos, racismos, pedofilia, xenofobia y mucho de la podredumbre que la novela de quien es también periodista informado, pone al descubierto desde la conducta de su (de)generado tatuador. Desde la antigüedad hasta nuestros días, se han escrito miles de páginas que, desde la crítica social, la psicología crítica u otra rama cercana a la sociología, intentan explicar los niveles de enajenación y envilecimiento a que es capaz de llegar el ser humano, al extremo de justificar el aniquilamiento de sus semejantes (Hitler frente a los judíos es solo un ejemplo).

Sin embargo, una obra literaria, como la que Amir Valle pone en nuestras manos bajo el título Mi nombre es polvo, desnuda esa enajenación mediante una trama en que el disfrute de la palabra, la riqueza metafórica, la complicidad erótica, la exaltación del misterio y el encantamiento sobrenatural, provoca alinearnos con el bien, con la enorme belleza que se agranda detrás del bosque donde se hunde el tatuador.

La novela de Amir no quedará en el polvo, por la maestría con que desentraña la complejidad, la magia y la belleza del eterno vivir de los seres humanos.

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