La piel contra el polvo en Mi nombre es polvo

Publicado por Amir Valle | Publicado en De Literatura | Publicado el 24-08-2026

El Ciclón Invisible, sitio cultural con más de 500 mil seguidores en Facebook

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Por El Ciclón Invisible

Publicado originalmente en el sitio web ISLIADA, el 23 de agosto de 2026

 

Si a Amir Valle le bastaron varios años para escribir Mi nombre es polvo, a mí me sobraron un par de semanas para devorarla, y uso el verbo con toda intención, porque sus más de trescientas páginas exigen una lectura que llegue hasta el final para que ciertas escenas, ciertos regresos y hasta ciertas groserías encuentren el sitio que les corresponde. Hasta ahora, todo lo que he leído sobre la novela me ha dejado la impresión de que más de un comentario se detuvo en el crimen, el sexo, la violencia o la extravagancia del tatuador y dio por resuelto un libro que, en realidad, empieza a revelarse cuando se cierra. Basta recordar la distancia entre el muchacho que escribe su nombre sobre la piel de un sapo clavado a una tabla y el hombre ciego que, al final, hunde la aguja en su propio cuerpo para saber quién es. Entre una escena y la otra hay una conciencia que se pasa la vida interpretando a los demás y llega a sí misma cuando ya ha perdido los ojos.

La Nota del Autor, colocada antes de la ficción, introduce además una perturbación que sería fácil despachar como dato curioso si no regresara, transformada, a lo largo de toda la historia. Valle cuenta que en Berlín, en 2009, conoció a un joven tatuador de enorme talento, convencido de que su don procedía de una instancia divina y de que un ángel lo acompañaba mientras trabajaba sobre la piel de las mujeres; meses después aquel hombre asesinó a una clienta, huyó hacia la Selva Negra y acabó suicidándose. De esa anécdota queda en la novela menos la crónica que la pregunta, mucho más incómoda, por el momento en que un talento deja de ser una capacidad y empieza a convertirse, en la cabeza de quien lo posee, en prueba de elección, luego en privilegio y finalmente en permiso. El protagonista piensa demasiado para ser un monstruo elemental, y justamente ahí se vuelve peligroso, porque cada idea que incorpora acaba sirviendo a su propia absolución.

Cuando recuerda que supo que sería “el más grande tatuador en la historia de la especie humana” al escribir su nombre sobre el sapo albino, inmovilizado con clavos, y añade que lo hizo “en la lengua de los ángeles” (p. 9), la escena contiene ya la combinación de la crueldad, vanidad y delirio que luego adquirirá formas mucho más sofisticadas. El animal se retuerce, pero el niño mira una superficie; hay dolor, aunque él prefiere pensar en obra; hay un cuerpo ajeno, aunque su imaginación ya lo ha convertido en soporte de una firma. Reducir ese episodio al antecedente psicológico del futuro asesino sería quedarse en lo obvio. Lo verdaderamente inquietante es que el gesto artístico nace confundido con la apropiación. La piel aparece desde el comienzo como un territorio que alguien puede ocupar si se considera dotado para ello, y el tatuaje, mucho antes de ser una estética, se presenta como una forma de soberanía.

El nombre que inaugura la historia no permanece intacto. El niño lo graba con orgullo, pero el adulto que narra nunca entrega al lector un nombre civil capaz de fijarlo y, cuando Gresly le pregunta cómo se llama, recurre a Odiseo frente a Polifemo y acepta ser “Nadie”. Lo hace con la pedantería medio cómica que lo acompaña hasta en los momentos más sombríos, aunque la referencia homérica tiene más peso del que él mismo parece advertir, porque entre el nombre escrito sobre el sapo, el Nadie con que se presenta y el polvo de las últimas páginas se despliega una lenta erosión de la identidad que había construido alrededor de su condición de elegido. El título termina diciendo algo muy distinto de lo que prometía la primera escena. Quien comenzó afirmándose mediante una marca acaba sin un nombre que lo salve de la materia, y la singularidad que había convertido en religión privada se revela incapaz de concederle una excepción frente a la muerte.

Hay además una correspondencia que merece quedar señalada, aunque Valle no la declare. La novela remite de manera expresa a Homero cuando el protagonista adopta el nombre de “Nadie”, pero no menciona a Borges ni a El inmortal, cuento donde la figura de Ulises reaparece ligada a la disolución del yo y a la muerte. Borges escribe “Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve seré todos: estaré muerto”. La cercanía con Mi nombre es polvo rebasa el juego de una coincidencia erudita, porque el tatuador comienza afirmando su nombre sobre la piel de otro ser, pasa después a llamarse Nadie y acaba reducido a polvo, recorrido que convierte el motivo homérico en una clave del argumento. No hay una filiación declarada y sería excesivo presentarla como influencia demostrada; aun así, la constelación borgeana determina en buena medida la lectura de ese tránsito, pues la identidad que pretende fijarse mediante una marca termina disolviéndose en una materia común donde la condición de elegido ya no concede privilegio alguno. Homero aparece en la superficie de la alusión; Borges queda, más discretamente, detrás de ella.

Que el lector no conozca su nombre civil termina siendo más que una coquetería narrativa. El protagonista habla durante cientos de páginas, cuenta intimidades, enumera lecturas, exhibe deseos y miserias, pero deja vacío aquello que, en cualquier expediente, serviría para identificarlo de inmediato. Esa ausencia armoniza con su obsesión por las marcas, porque cuanto más insiste en definir a los demás mediante signos visibles, menos estable se vuelve su propia denominación. El tatuaje pretende fijar una identidad sobre la piel y el relato hace lo contrario con quien tatúa, lo vuelve móvil, escurridizo, Nadie. La paradoja adquiere relieve cuando comprendemos que su fama imaginada depende de ser reconocido como autor de una obra que, en el caso de Osiris, nadie logra ver. Quiere eternizar su nombre y acaba atrapado entre una obra invisible, un nombre que no entrega y un cuerpo destinado a desaparecer. El polvo del título estaba trabajando desde mucho antes del desenlace.

Layda es la primera gran herida de esa identidad y también la primera persona a la que el narrador intenta reducir a una explicación. La llama “puta”, la animaliza, observa su sexualidad con una mezcla de deseo, odio y fascinación, y le atribuye buena parte del rumbo que tomó su propia vida; al mismo tiempo, confiesa que cuando él tenía doce años fue ella quien inició la relación incestuosa y lo buscó durante un tiempo para imponerle encuentros sexuales. El adulto que recuerda aquellos hechos posee palabras para insultar, clasificar, fantasear y vengarse, pero no para reconocerse como alguien dañado por una experiencia que lo sobrepasó. Esa carencia vuelve mucho más interesante su falta de fiabilidad, porque no estamos ante un narrador que borra el crimen o falsifica el acontecimiento, sino ante uno que suele contar lo que hizo y, sin embargo, modifica su sentido hasta volverlo soportable para sí mismo. La mentira más persistente está en la interpretación.

Cuando Layda muere bajo sus manos, esa maquinaria se deja ver casi sin disfraz. El narrador se dice “La has matado, cabrón” (p. 43), y por un instante parecería que la evidencia del cadáver ha roto el círculo de sus justificaciones. Dura poco. La culpa es absorbida por una teoría según la cual el tatuaje habría liberado los monstruos que ella escondía y la muerte vendría a ser consecuencia del choque con una verdad interior que él se limitó a sacar a la superficie. Incluso el cuerpo muerto, que defeca y se descompone como cualquier cuerpo, intenta ser rescatado por el discurso antes de que la biología destruya la solemnidad de la obra. Esa escena me parece crucial porque devuelve la piel a su condición material en el momento mismo en que el tatuador quiere elevarla a revelación. La carne no confirma su metafísica, se muere. Él necesita entonces otra metáfora, otro argumento, otra vuelta verbal que le permita seguir siendo el elegido.

Esa necesidad explica la frase que condensa su proyecto, la discusión sobre si la piel puede ser espejo del alma. Cuando escucha que “jamás la piel podrá ser el espejo del alma”, reconoce que toda su búsqueda pretende probar lo contrario, que “la piel sí podría ser el espejo del alma” (p. 92). A partir de ahí la aguja cambia de naturaleza dentro de su imaginación. Ya no introduce una figura, excava; no inventa, revela; no interviene, descubre. La diferencia parece pequeña y es moralmente enorme, porque un creador tendría que responder por la forma que produce, mientras un descubridor puede alegar que aquello estaba allí antes de su llegada. Si bajo la piel aparece un monstruo, el monstruo pertenecía a la mujer; si aparece un ángel, también. Él queda en el lugar cómodo del médium, dueño del procedimiento y ajeno a la responsabilidad por el resultado. Su arte se vuelve peligroso en el instante en que deja de reconocerse como interpretación y empieza a presentarse como verdad.

Marcia, Themis, Selene, Gresly y Osiris van introduciendo fisuras en esa seguridad, y no porque el narrador renuncie a su teoría, sino porque la realidad de cada mujer le devuelve algo que sus categorías no consiguen absorber del todo. Layda había sido, para él, belleza exterior y monstruosidad interior; Marcia desordena la fórmula cuando una apariencia que juzga amenazante desemboca en una imagen de inocencia; Themis, cuyos miedos, creencias y heridas escucha durante largo tiempo, le hace creer que por fin conoce lo suficiente como para anticipar “un hermoso paisaje angelical de libertad” (p. 108), como si la intimidad entregada en una conversación concediera derechos sobre un cuerpo. Ahí está uno de sus errores más persistentes. Confunde saber cosas de una persona con poseer una clave definitiva sobre ella, y cada nuevo tatuaje se convierte en examen de una hipótesis que sólo existe porque él se niega a aceptar que los otros conservan siempre una zona que no le pertenece.

Osiris vuelve inútil ese aparato. Bajo una belleza que el narrador considera casi perfecta esperaba encontrar alguna corrupción secreta, alguna grieta que confirmara su desconfianza hacia las apariencias, y en cambio termina diciendo “Es simplemente una mujer. Una mujer bajo la piel de una mujer” (p. 270). La frase carece del ornamento habitual de su voz y por eso golpea con mayor limpieza. Durante años había vivido convencido de que la superficie mentía y de que su don consistía en obligar a comparecer aquello que se ocultaba detrás; Osiris le devuelve una coincidencia entre interior y exterior que lo deja sin enemigo. El ángel habla de belleza, sabiduría y perfección dentro de la belleza, la sabiduría y la perfección, pero el problema ya está planteado. Si una persona puede coincidir consigo misma, si no necesita ser desenmascarada, la invasión deja de tener justificación incluso dentro de la retorcida estética del tatuador.

Hay una ironía especialmente amarga en el entusiasmo con que el protagonista lee la idea foucaultiana del “cuerpo como objeto de poder” (p. 137). Le atrae la crítica a las normas que clasifican, disciplinan y reproducen los cuerpos conforme a modelos sociales, porque él se imagina rebelde frente a cualquier intento de homogeneización; sin embargo, mientras rechaza el derecho de la sociedad a decir qué debe ser un cuerpo, se concede a sí mismo el derecho de decidir qué alma vive dentro de ese cuerpo y cómo ha de quedar expuesta. Lo mismo sucede con la libertad que aprende de Themis. Escucha hablar de elegir, equivocarse, levantarse y volver a empezar, y transforma esas palabras en defensa de su independencia frente a padres, religiones, policías, convenciones y hasta frente al ángel. Quiere una libertad sin reciprocidad, una libertad que lo proteja de la autoridad ajena y no proteja a nadie de la suya. Así, el vocabulario de la emancipación acaba sirviendo a la posesión.

El ángel, por su parte, nunca se deja fijar del todo. Puede ser una presencia sobrenatural aceptada por el universo de la novela, una proyección del delirio, una conciencia partida o el interlocutor que permite al protagonista discutir consigo mismo; cualquiera de esas posibilidades resulta compatible con la historia y ninguna termina por imponerse. Esa incertidumbre le sienta bien al personaje, porque evita que sus actos encuentren una causa única y tranquilizadora. A veces el ángel previene, aconseja, intenta apartarlo de una decisión; en otras ocasiones celebra su talento, confirma su condición de elegido y alimenta el lenguaje de grandeza con el que el tatuador se separa de la especie común. No carga con los crímenes de su protegido, desde luego, pero sí participa en el vocabulario que los vuelve concebibles. La palabra elegidos, repetida lo suficiente, termina pareciendo una categoría moral cuando en realidad es la coartada favorita de un hombre que no soporta ser uno más.

El erotismo pertenece a la misma zona de apropiación. Hay sexo por todas partes, pero rara vez hay encuentro, porque el deseo del narrador suele mezclarse con vigilancia, clasificación, resentimiento, repulsión o dominio. Mira los cuerpos femeninos con la misma curiosidad invasiva con que más tarde imagina qué dibujo debería arrancar de ellos. La misoginia es coherente con esa conciencia y sería absurdo limpiarla para hacerla amable, aunque la repetición de insultos, animalizaciones e inventarios corporales acaba por producir, en ciertos tramos, un desgaste que la propia novela paga. Una agresión verbal repetida demasiadas veces corre el riesgo de perder veneno y convertirse en ruido. El texto recupera tensión cuando una mujer se le sale de la taxonomía, cuando algo en ella no responde a la clasificación prevista o cuando, como sucede con Osiris, la persona coincide consigo misma y deja al narrador sin el espectáculo de un secreto. Entonces su lenguaje lo delata mejor que cualquier juicio exterior.

La cultura tampoco lo rescata. A medida que avanza la historia, el tatuador lee más, cita más, se mueve entre antropología, religión, cine, filosofía, ciencia, literatura, historia del tatuaje y cultura popular, y ese crecimiento intelectual corre en dirección opuesta a cualquier maduración moral. Sabe cada vez más y dispone, por ello, de un repertorio cada vez más amplio para explicarse a sí mismo por qué hace lo que hace. La erudición no sirve de vacuna contra la barbarie, y Valle acierta al no convertir al asesino en un bruto incapaz de pensar. El peligro está justamente en que piensa, compara, deduce, ironiza y encuentra precedentes. La prosa reproduce esa voracidad mediante oraciones que se abren en incisos, recuerdos, rectificaciones y asociaciones, como si la voz no pudiera dejar una idea sola. Ese exceso le da carácter, aunque también revela un límite, porque algunas escenas ya cerradas reciben explicaciones que las vuelven más pesadas de lo necesario.

El propio narrador parece saberlo y se burla con frecuencia de la literatura que considera fácil, de los recursos gastados del cine, de los cronistas mediocres y de las fórmulas de ciertos bestsellers. Después de perder los ojos, por ejemplo, ridiculiza el famoso “tragar en seco” y, unos renglones más tarde, admite que él mismo “tragué en seco” (p. 304). La broma es buena porque devuelve experiencia a una frase gastada y porque muestra a un personaje consciente de los materiales con los que está contando su vida. Esa conciencia, sin embargo, no otorga inmunidad. La novela trabaja con elementos del thriller, del gótico, del relato de asesinos y de la ficción esotérica, y a veces la ironía los renueva, mientras en otras ocasiones parece adelantarse a la objeción sin desactivarla. Lo interesante es que esa misma manía crítica forma parte del narcisismo de la voz. Incluso al narrar su caída necesita demostrar que sabe más que los escritores a quienes desprecia.

En el monasterio, la relación entre cuerpo y escritura se invierte con una precisión que venía preparándose desde el sapo. Hasta ese momento el tatuador había tratado la piel como página; allí encuentra un libro hecho con pieles de antiguos tatuadores y guardianes, capaz de mostrar a cada lector su propia vida y su muerte. El hombre que había escrito sobre otros descubre que también él está escrito. La idea habría podido desembocar en un determinismo fácil, pero Fray Syles introduce una fisura cuando afirma que “cada persona va esbozando con su vida, trazo a trazo, la muerte que se merece” (p. 294) y, más tarde, explica que el volumen omite detalles y respeta el libre albedrío (p. 303). El libro conoce, aunque no clausura. Esa imperfección devuelve al protagonista la responsabilidad que había intentado repartir entre ángeles, dones, designios y revelaciones. Su vida puede estar narrada, pero las decisiones que la llenaron siguen siendo suyas.

Luego llega el padre de Osiris y hace sobre el tatuador algo que, en otra escala, el tatuador había hecho durante años sobre otros cuerpos. Lo desnuda, lo ata y quema en su piel el nombre de la hija asesinada. La inversión es brutal porque cambia de mano la autoridad. Quien administraba el dolor lo recibe; quien escogía el signo tiene que cargarlo; quien convertía a los demás en lienzos aprende lo que significa convertirse en superficie de una voluntad ajena. “Todo el que te vea, se verá obligado a preguntarte qué es ese nombre” (p. 302), le dice el padre, y la frase convierte el cuerpo del victimario en memorial de la víctima. Osiris, transformada antes por él en obra maestra, regresa ahora como palabra que ocupa su carne y lo obliga a recordar. No es una reparación moral, tampoco justicia en sentido estricto, pero dentro de la arquitectura del libro posee la crueldad exacta de una escritura devuelta.

La pérdida de los ojos termina de voltear el método contra su dueño. Toda su doctrina había dependido de mirar la piel, vigilar gestos, comparar apariencias, contemplar dibujos y juzgar cuerpos; ciego, pierde la distancia desde la cual ejercía ese poder y debe dejar que las yemas de los dedos hagan el trabajo de los ojos. En ese momento aparece la pregunta que debió acompañarlo desde el principio y que, sin embargo, había reservado para el final, “¿quién era yo realmente?” (p. 305). La tardanza duele más que la pregunta. Ha recorrido cuerpos ajenos convencido de que puede revelar sus almas y nunca se había sometido al procedimiento que consideraba infalible. Su curiosidad, tan agresiva cuando se dirigía a otros, se vuelve hacia sí cuando ya no puede mirarse. El investigador de esencias llega a su propio cuerpo desarmado, marcado, mutilado y dependiente del tacto.

También entonces comienza a grabar la historia que estamos leyendo. No quiere que su vida quede encerrada en aquel volumen sobrenatural, accesible para él y condenada después al silencio, y llama a la grabación una revancha, “algo así como tatuar mi nombre en el viento” (p. 306). La imagen enlaza la primera marca con la última tentativa de supervivencia. Tatuar y narrar nacen del mismo miedo a desaparecer sin dejar huella, aunque la voz descubre una posibilidad que la piel no ofrecía. El cuerpo muere con sus signos; una historia puede pasar a otra conciencia si encuentra un oyente. Ese oyente imaginario de los casetes anticipa al lector y altera, de paso, la antigua obsesión del protagonista por conocer a los demás. Para entrar en una vida ajena no hace falta abrir la piel ni imponerle una figura. Basta escuchar, sabiendo que todo relato llega incompleto, interesado, lleno de zonas que nadie consigue convertir en imagen definitiva.

Cuando reaparece cerca del final la fórmula “Cuando supe que sería”, el comienzo vuelve cargado con todo lo que ocurrió después. Ya no es la celebración de una vocación, sino el recuerdo del instante en que una lógica de apropiación empezó a confundirse con arte. El círculo se cierra cuando desaparece la separación entre artista y modelo. No hay mujer a la que seducir, engañar o anestesiar; el narrador se encierra, busca las agujas con los dedos y comienza a tatuarse sobre las cicatrices que le dejó el padre de Osiris. Lo primero que surge es “Layda Layda Layda” (p. 311), una letanía que dice mucho más de su identidad que las teorías acumuladas durante trescientas páginas. Quería descubrir un yo escondido y encuentra nombres ajenos, muertos, heridas, deseos, culpas. El cuerpo al que llega al final no es una página en blanco, sino una superficie escrita por su propia historia y por la violencia que regresó desde los otros.

Ese yo resulta ser un palimpsesto cuando él había esperado una esencia. Intenta cubrir con tinta las marcas de Osiris y termina añadiendo capas, de manera que la búsqueda de una identidad pura desemboca en la evidencia de que nadie está hecho fuera de sus relaciones, sus actos, sus pérdidas y sus daños. La mano, guiada por una voz interior, escoge precisamente la tinta que más detesta; el supuesto acto de autodeterminación se vuelve agotamiento, sangre y desorientación. Entonces llega la frase bíblica, “polvo eres y al polvo volverás”, y el cuerpo termina reducido a “Sólo polvo gris” (pp. 312-313). Después, silencio. Me gusta ese final porque la novela, tan abundante en colores, insultos, símbolos, erudición y discursos, se permite concluir con una materia sin prestigio. El polvo no conserva la marca, la borra; no distingue al elegido del resto, lo devuelve a la misma sustancia de la especie que tantas veces había despreciado.

Las mejores imágenes del libro habían conducido hasta allí sin necesidad de que nadie las explicara demasiado. El sapo marcado, Layda convertida en bestiario, la piel imaginada como espejo del alma, Osiris coincidiendo consigo misma, el libro hecho de pieles, el nombre de la víctima quemado sobre el asesino, los ojos arrancados y el último tatuaje ejecutado a tientas forman una cadena bastante sólida para sostener la reflexión. Cuando la voz confía en esas escenas, la novela respira y el pensamiento nace de la ficción; cuando insiste con una digresión ya agotada o añade una explicación a una imagen que había llegado limpia, el exceso pesa. Algo parecido ocurre con ciertos personajes secundarios, que a veces quedan demasiado cerca del tipo o del instrumento dentro de la clasificación privada del protagonista. Themis y Osiris resisten mejor porque lo contradicen desde dentro de su propio sistema. Cada vez que alguien deja de caber en su vocabulario, el narrador pierde un poco del dominio que creía tener.

También por eso las repeticiones importan más de lo que parece en una lectura apresurada. Valle hace volver palabras, escenas y motivos, pero rara vez regresan con el mismo valor. La elección que al principio suena a grandeza termina pareciendo coartada; la libertad aprendida como don acaba torcida en privilegio; la escritura que parecía dominio sobre una piel se convierte en condena cuando otro escribe sobre el cuerpo del tatuador; la mirada, instrumento de poder durante casi toda la historia, desaparece justo cuando debería servirle para conocerse. Ese movimiento de retorno evita que el libro quede reducido a una sucesión de episodios criminales. Cada vuelta modifica lo anterior y obliga a releer mentalmente lo que creíamos cerrado. La novela pide memoria, no porque esconda un acertijo policial, sino porque su sentido depende de reconocer cómo una misma palabra puede pasar, trescientas páginas después, de emblema de orgullo a prueba contra quien la pronunció.

La voz, pese a esos desniveles, conserva una identidad que no se confunde con otra. Obscena, culta, insolente, burlona, narcisista, capaz de pasar de una referencia literaria a una grosería en la misma respiración, obliga a permanecer dentro de una conciencia repulsiva sin convertirla en caricatura. Un asesino reducido a monstruo patológico habría sido mucho más cómodo, porque bastaría colocarlo fuera de nosotros y cerrar la puerta; este hombre, en cambio, arma su violencia con argumentos, lecturas, metáforas, teorías sobre el arte y discursos de libertad. Ahí se encuentra la crítica más dura al mito del artista elegido. El problema no empieza cuando mata, sino cuando su talento deja de ser una capacidad y se vuelve jerarquía humana, cuando supone que ver más le concede derechos sobre quien ve, que conocer un lenguaje secreto vuelve mudos a los demás y que interpretar un alma equivale a poseerla.

Hacia el final se llama “uno más de su especie” (p. 277), confesión que habría resultado inconcebible en el niño del sapo o en el artista convencido de hablar la lengua de los ángeles. Durante cientos de páginas necesitó apartarse de una humanidad que juzgaba mediocre, falsa y homogénea, y termina regresando a ella por la vía más elemental. Su fracaso no estuvo en querer ser singular, sino en confundir singularidad con excepción moral, como si una diferencia estética pudiera suspender el dolor y la libertad de los demás. Por eso las más de trescientas páginas importan. Había que soportar su voz, acompañar sus coartadas, verlo corregir cada culpa con una nueva teoría y esperar el regreso de cada signo para que la palabra final no pareciera un adorno bíblico añadido a última hora. Después de tanto esfuerzo por dejar una marca, distinguirse y permanecer, Amir Valle le concede una respuesta seca, sin prestigio y sin escapatoria. Polvo.

La identidad literaria tampoco coincide por completo con el nombre civil ni con la imagen pública del autor. Un escritor se dispersa entre voces, personajes, máscaras, estilos y libros que a veces incluso se contradicen entre sí. Borges hizo de esa escisión una obsesión, el hombre que escribe termina siendo distinto del hombre que vive. En Amir Valle ocurre algo semejante desde otra metáfora, la identidad profunda permanece debajo de las marcas visibles y nunca llega a fijarse del todo. Escribir sería entonces una forma de tatuarse en el lenguaje, dejar señales de una identidad que, sin embargo, continúa cambiando. El escritor intenta reconocerse en sus obras, pero cada libro revela otra versión de sí mismo. Su nombre permanece en la portada; su verdadera identidad literaria queda repartida, incompleta, entre todo lo que ha escrito.

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